Mostrando entradas con la etiqueta La Factoria de Ideas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Factoria de Ideas. Mostrar todas las entradas

jueves, octubre 18, 2012

ROBERT A. HEINLEIN - Cadete del espacio



Cadete del espacio (1948) es la segunda en orden de aparición de la serie de doce novelas juveniles escritas por Robert A. Heinlein entre 1947 y 1958. En ella se mantienen las mismas características fundamentales de toda la serie, aunque es algo más compleja que su predecesora, Rocket Ship Galileo (1947) en cuanto al trasfondo de los temas tratados. Las singularidades propias de este tipo de novelas las definió Jack Williamson en su momento como "fáciles de leer, presentando una serie de temas familiares en el entorno del propio Heinlein, siendo la trama algo trivial y los personajes estereotipos bastante simples". No le falta razón a Williamson en su análisis "crítico" de ese subgénero dentro de la propia bibliografía de Heinlein; no podemos obviar que son un producto poco elaborado si los comparamos con otras novelas que aparecieron en esa época, pero hay que tener en cuenta que se trataba de una serie de trabajos concebidos bajo encargo, en los que debía cumplir con unas premisas marcadas de antemano, con el fin de acercar la ciencia en general y la carrera por la conquista del espacio a las jóvenes generaciones de americanos nacidos en un momento histórico de plena confrontación con el bloque soviético. Con el fin de atender los postulados sugeridos por la editorial y al mismo tiempo atrapar la atención de los jóvenes lectores, Heinlein afrontaba la narración con la intención de unir sin fisuras dos propuestas en el texto: una parte la lúdica, que busca que el lector pase un buen rato leyendo una serie de aventuras que tienen como protagonista un joven adolescente en pleno proceso de madurez, mientras que por otra parte cumple con la intención didáctica de mostrar la ciencia como algo asequible y “divertido”, ilustrando al mismo tiempo al lector sobre diversos elementos de física y matemáticas aplicados a las múltiples dificultades que entrañaría la navegación espacial y a la supervivencia en gravedad 0, eso sí, entretejiendo tan sutilmente el detalle científico con trama y acción que el lector no se siente abrumado por un exceso de datos técnicos. 

Los más críticos con el maestro Heinlein añadirían a estas dos características (lúdica y didáctica) una tercera: la de proclama ultraderechista. A los escritos del mestro Heinlein siempre les ha perseguido la fama de estar impregnados de lo que muchos consideran apología del militarismo y un aprecio desmedido por el individualismo y la libre determinación llevada a su máximo exponente; todo ello con el fin de formar a los jóvenes americanos en los valores de la ciudadanía y la responsabilidad, desarrollando su carácter y autosuficiencia al mismo tiempo que se integran en la sociedad mediante diversas actividades de superación personal y convivencia con otros chicos de su edad. Y no van descaminados del todo si nos atenemos al duro trasfondo que se adivina en la sociedad que dibuja Heinlein para esta novela. Cadete del espacio es mucho más que un relato de aventuras   para adolescentes. Junto a una primera capa de "irrelevante e insustancial" divertimento que surge de las peripecias de un grupo de muchachos formándose para recorrer el Sistema Solar a bordo de modernas naves espaciales, tenemos una descarnada crítica contra una sociedad capaz de crear protocolos de actuación que incluyen el genocidio de buena parte de la población; es el Heinlein en estado puro que se rebela contra el poder omnímodo de los gobiernos y que ensalza la voluntad individual de aquellos que se enfrentan contra la autoridad impuesta. El final del periodo de formación y aprendizaje de los protagonistas de las novelas juveniles de Heinlein, se manifiesta con la toma de conciencia mediante un proceso de reflexión interior que forjará sus valores más preciados y los pondrá al servicio del oscuro gobierno que rige los destinos de la humanidad.


A pesar de los muchos detractores de las mismas, las novelas juveniles de Heinlein,  por modestas que puedan parecer, rebosan de saber narrativo, de sólidos y bien aplicados conocimientos científicos y, como no podía ser de otro modo, de los valores éticos y morales que Heinlein asociaba con el pueblo norteamericano: valor, sacrificio, tenacidad y lealtad entre otros. Unos valores con los que se identificaban las nuevas generaciones de lectores adolescentes al encontrarlos en los personajes que protagonizaban las novelas de Heinlein, como por ejemplo el joven Matt Dodson, protagonista de Cadete del espacio, que se une a la Patrulla Espacial para ayudar a preservar la paz en el Sistema Solar. Seguiremos al joven Dodson desde que sale de su tierra natal en Iowa (EEUU) para ingresar en la Academia Militar en la que debe recibir como cadete la formación necesaria para poder tripular una de las majestuosas naves espaciales que surcan el espacio, madurando con cada decisión que debe tomar hasta convertirse en un miembro válido de la sociedad, todo ello mientras él y sus amigos corre emocionantes aventuras repletas de acción, como la búsqueda de la nave Pathfinder, perdida en el Cinturón de asteroides, teniendo su punto culminante en el viaje final a Venus para investigar un extraño incidente. Aunque el final de la novela es un tanto confuso y desigual si lo comparamos con el resto de la narración. Esto es debido a que Heinlein cambió el final  al entender que el que había proyectado en primer lugar no funcionaba; la sensación de "falta de encaje" con el resto de la narración es parecido al que se percibe en Hija de Marte (1962), novela en la que también se vio obligado a cambiar el final, aunque en esta ocasión por imposición editorial.

Alexei Panshin, autor de la premiada Rito de iniciación (1968), señaló en Heinlein in dimensión (1968) -ensayo que profundizaba en la obra de Heinlein- como Cadete del espacio se puede entender, sobre todo, como una extrapolación de la propia formación del escritor durante su etapa como cadete en la Academia Naval de Estados Unidos. El remanente biográfico que se percibe en la novela se convierte por derecho propio en lo que muchos llamarían una exacerbada glorificación a las Fuerzas Armadas, y no sin falta de razón, ya que sí podemos clasificar de texto militarista a Tropas del Espacio (1959), Cadete del espacio no le va a la zaga. La glorificación a los caídos en acto de servicio que se hace en diversos pasajes de la novela, junto a la intención del protagonista de dejarlo todo para unirse a los Marines, los auténticos héroes por su "lealtad,  valentía y búsqueda de gloria". Pero no todo es moralmente criticable en Heinlein, por ejemplo en esta novela incluye elementos de integración racial (un decenio antes del auge de los Movimientos por los Derechos Civiles en Estados Unidos) entre los componentes de la Patrulla Espacial, constituida por jóvenes provenientes de las diversas colonias que se habían desarrollado en el Sistema Solar (en literatura pulp los héroes suelen ser WASP). Entre el grupo de chicos protagonistas, además de Matt Dodson, hay otro chico ce Texas, uno procedente de Venus y otro de la lejana luna de Ganímedes, todos ellos integrados en una organización dedicada a mantener la paz que funciona como un ente supranacional que ostenta el monopolio de las armas nucleares como elemento de disuasión para "imponer" esa paz.

Para conseguir que el poder que atesora la Patrulla Espacial sea eficaz, los jóvenes cadetes deben poner en un segundo plano la lealtad a sus respectivos países y a sus especies, teniendo la obligación de bombardearlos si fuera preciso. Esta posibilidad, que ya se había producido en el pasado, hace dudar al joven e idealista Matt Dodson sobre su pertenencia a la Patrulla Espacial, siente que no sería capaz de bombardear a sus compatriotas, por lo que debería dejar la Patrulla y abandonar sus sueños de pilotar una nave para ingresar en los Marines a los que contempla como una organización con unos ideales más "nobles". El desencanto con lo que el había creído que era y representaba la Patrulla Espacial aumenta cuando su padre le pone al corriente de la farsa que es en realidad esa organización, controlada y dirigida por la Federación de América del Norte para servir a sus intereses económicos, políticos y comerciales.


Heinlein desarrolla la mayoría de sus novelas juveniles en un escenario común, por lo que su relación entre ellas va más allá de apreciaciones temáticas. El Sistema Solar por el que se mueven los personajes de este tipo de novelas incluye colonias con aspiraciones de independencia en un Marte árido y rocoso poblado por terrestres y aborígenes marcianos pertenecientes a una antigua raza, como pudimos ver en Rebelión en el espacio (1949) o Hija de Marte , esta última también muestra a un planeta Venus pantanoso y con altas temperaturas, habitado por seres aparentemente subdesarrollados en cuanto a su inteligencia se refiere, mientras que en Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, se desarrolla El granjero de las estrellas (1953), en un marco social marcado por una crisis malthusiano que afecta tanto a los habitantes del planeta Tierra, como a las múltiples colonias que han proliferado por el Sistema Solar.  Con esto consigue dar una sensación de continuidad en la serie, sin tener que recurrir a conservar un personaje como hilo conductor para unir las diferentes entregas, un elemento más que confirma la capacidad de buen narrador que atesoraba Heinlein, a pesar de sus pequeñas "manías" fascistoides. Y es que pese a que el paso del tiempo ha mermado en parte la fuerza y la emoción que con toda seguridad estas entretenidas novelas para adolescentes trasmitía a sus imberbes destinatarios, todavía se puede percibir en cada nueva relectura cómo la maestría narrativa del maestro Heinlein sigue atrapando al lector desde las primeras páginas, algo difícil de encontrar en otras creaciones literarias de su misma época.  

martes, mayo 08, 2012

CHERIE PRIEST - Boneshaker

Lo mejor que se puede decir de Boneshaker (2009) es que cumple como divertimento pasajero. Y nada más. No hay entre sus páginas ni el más mínimo atisbo de originalidad, ni en lo formal, por lo lineal de la narración, ni en lo conceptual por lo previsible de su resolución y la colección de tópicos  con la que están construidos todos y cada uno de sus pasajes. La novela, incluída en el  inexistente subgénero steampunk,  tiene como principal elemento especular una idealizada y también inexistente época victoriana,  a la que se ha adornado con una amplia panoplia de elementos tecnológicos de corte retrofuturista ya utilizados en su momento por autores decimonónicos como Julio Verne, que destacan por alimentarse de vapor y/o electricidad como  fuente de energía. Dicho de otra manera: si alguien espera encontrar en Cherie Priest una ráfaga de aire fresco en el anquilosado panorama literario fantástico se llevará una profunda decepción.

La acción nos sitúa en unos ucrónicos Estados Unidos en los que todavía, a finales del siglo XIX, continúa la Guerra de Secesión con toda su crudeza. En la ciudad de Seattle, Leviticus Blue, inventor y marido Briar Wilkes, la protagonista de la novela, pone a prueba la Boneshaker, una máquina ideada para que el gobierno ruso pueda extraer los recursos naturales de Alaska, en especial el oro que se acumula en su subsuelo. La prueba resulta fatídica al quedar destruida  buena parte de la ciudad,  liberando de paso un desconocido y mortífero gas procedente del subsuelo, la Plaga,  que mata a todo aquel que lo respira para, a continuación, convertirlos en hambrientos zombis. De resultas de la tragedia, el centro de Seattle es rodeado por un muro de más de 60 metros de alto con el fin de que el amarillento y pesado gas de la Plaga no salga de su interior, convirtiendo la zona en un lugar postapocalíptico en el que, además de las hambrientas hordas de zombis, malviven los desechos de la sociedad y los traficantes de una extraña droga elaborada a partir del propio gas de la Plaga. Dieciséis años más tarde de los hechos, Brian Wilkes malvive en los suburbios de Seattle junto a su hijo Zeke. Éste, que nació unos meses después de la desaparición de su padre en el trágico incidente que liberó la Plaga, decide entrar en la parte de la ciudad encerrada tras los altos muros, con el fin de encontrar las pruebas que limpien el nombre de su padre; Briar, al enterarse de lo hecho por su hijo, entra en la zona contaminada para rescatarlo.

Ante lo insustancial del argumento, lo primero que me gustaría cuestionar de Boneshaker es su pertenencia al mal llamado subgénero literario del steampunk. Y digo lo de mal llamado porque el steampunk tiene mucho más que ver con una corriente estética que literaria, al menos en lo que a la obra de Cherie Priest se refiere, el argumento es la escusa para incluir todo tipo de parafernalia propia de una vestimenta muy específica, compuesta por prendas de cuero y corses ajustados, altos sombreros de copa, enormes hebilas doradas y armas con un peculiar dsieño. La autora está muy concidionada por los gustos de sus potenciales lectores (y por el suyo propio) con lo que no tiene mucho margen de maniobra para crear los elementos deseables para adecuar los elementos ornamentales a un argumento algo menos libre; de esta manera, se ve obligada a crear un escenario ex nihilo en el que encajen las vestimentas y gatges mecánicos que son del agrado de esta peculiar corriente estética, de esta manera, con la inclusión de la Plaga, una densa niebla amarilla surgida del subsuelo de Seattle capaz de convertir en zombi a quien la respire, facilita que el atuendo de los personajes incluyan para su protección, máscaras antigás y grandes gafas metálicas con cristales ahumados; de igual manera, y para para protegerse de las infecciosas mordeduras de los zombis, es conveniente ir pertrechado con una pesada armadura mecánica (si es dorada mucho mejor), o implantes mecánicos que sustituyen miembros amputados por el ataque de los zombis; otro elemento indispensable del imaginario steampunk es el de los dirigibles, pues bien, gracias al alto muro que rodea la zona afectada por la Plaga, se crea su irrupción en la acción al convertirlos en la mejor manera de entrar en la zona 0 zombi sobrevolando los muros de protección.

En cuanto a lo que decíamos sobre el género en el que se puede incluir Boneshaker, de acuerdo a su estructura (dos líneas argumentales que se entrelazan, la de Briar y Zeke) y argumento (aventuras) debe ser incluida en la novela bizantina, en la cual los amantes se ven separados por causas ajenas a su voluntad y, en su afán de reencontrarse, viven intensas y peligrosas aventuras que deben superar para volver a estar juntos. En este caso los “amantes” separados son madre e hijo, lo que no es inconveniente para que le reste ni un ápice de pulsión sexual a la relación entre ambos, y más si tenemos en cuenta que el motivo de la separación de ambos es la huída de casa del joven adolescente para buscar a su padre, supuestamente muerto antes de que él naciera (leer Inhibición, síntoma y angustia de Freud y el seminario 11 de Lacan). Pero que no se asuste nadie, Boneshaker no destaca por el análisis de los personajes, el argumento no es más que la escusa para ir introduciendo en la narración todos los clichés propios de la estética steampunk, aunque no se puede dejar de lado el esfuerzo empleado por la autora en crear a Briar Wilkes, la protagonista de la novela, una mujer hermosa, envuelta de un misterio forjado en un pasado que quiere olvidar, poseedora de una personalidad impregnada de un caduco espíritu romántico con el que quiere reproducir una belleza sutil y sofisticada que la aleja de la vida en la sociedad industrializada, mecánica, gris, sucia y decadente en la que se ha convertido el mundo; como némesis de los valores representados por la romántica heroína creada por Priest, aparece el máximo exponente de ese maquinismo desenfrenado que ha terminado por condenar a la humanidad, el doctor Minnericht, un compendio de todos los malvados de opereta que los libretos folletinescos han forjado, y que Priest ha tomado prestados y sintetizado para su obra.

La novela se debe entender en algunos pasajes como una broma, como un guiño de complicidad que la autora hace al lector para dejarle claro que entre las páginas que está leyendo todo es un artificio al servicio de una idea estética, sin el menor interés en forzar la narración como un constructo literario sino como un ejercicio de entretenimiento; destacan por encima de otras chanzas la reproducción de la famosa escena de La guerra de las galaxias en la que Darth Vader confiesa al joven Luke que es su padre; en Boneshaker, un malvado doctor Minnericht, con una vestimenta muy parecida a la del malvado Jedi caído en el lado oscuro, incluida máscara y voz metálica, confiesa a Zeke que es su desaparecido padre.

Lo curioso del caso es que Boneshaker tiene varias continuaciones, lo que indica que en ciertos ambientes ha tenido éxito, algo que refrenda su condición de novela ganadora del premio Locus y haber sido finalista de los premios Hugo y Nebula. Seguramente no tardaremos en tener en nuestras librerías la continuación de las aventuras de Briar o Zeke, o la de alguno de los curiosos personajes que pueblan el singular mundo creado por Cherie Priest.

 

martes, abril 03, 2012

ROBERT A. HEINLEIN - El granjero de las estrellas

El granjero de las estrellas (1953), galardonada con el Retro Hugo 2001, es otra de las novelas juveniles escritas por Heinlein para la editorial estadounidense Scribner entre 1947 y 1958. Se trata de la sexta entrega de un total de doce historias protagonizadas por adolescentes, que tenían la finalidad de acercar la ciencia y la carrera por la conquista del espacio a las jóvenes generaciones de americanos nacidos en un momento histórico de plena confrontación con el bloque soviético. Pese a que el paso del tiempo ha mermado en parte la fuerza y la emoción que, con toda seguridad, trasmitía a sus imberbes destinatarios, todavía se puede percibir en cada nueva relectura cómo la maestría narrativa del maestro Heinlein sigue atrapando al lector desde las primeras páginas, algo difícil de encontrar en otras creaciones literarias de su misma época.

 En esta ocasión, Heinlein introduce a los Boy Scouts of America (BSA) en su serie de novelas, una popularísima organización juvenil que cuenta con millones de miembros en los Estados Unidos, el objetivo de la cual es la formación de los jóvenes en los valores de la ciudadanía y la responsabilidad, desarrollando su carácter y autosuficiencia al mismo tiempo que se integran con la naturaleza mediante diversas actividades de superación personal y convivencia con otros jóvenes de su edad. La afinidad de Heinlein con los Boy Scout, más allá de las ideas y valores de individualismo y ciudadanía antes comentados, comenzó cuando éste regreso de la Segunda Guerra Mundial y, ante el deseo de diversificar y ampliar su campo de actuación literario, colaboró con Boy's Life, la revista oficial de los Boy Scouts en Estados Unidos. De esta colaboración surgieron algunos relatos que tenían como protagonista principal a un joven boy scout, situando la acción en un escenario típico de la ciencia ficción, como por ejemplo la Luna o un recóndito lugar del Sistema Solar alejado del planeta Tierra, como por ejemplo en sus primeras obras Nunca pasa nada en la Luna (1949) o en Tenderfoot en el espacio (1958); aunque la más célebre simbiosis entre el género de la ciencia ficción y las aventuras de un joven boy scout se dio en la novela que nos ocupa, El granjero de las estrellas, o Farmer in the skay en su título original, publicada por primera vez por entregas en Boy's Life con el título de Satellite Scout entre agosto y noviembre de 1950.

Con su proverbial eficacia narrativa, Heinlein ambienta esta historia de superación personal en un contexto maltusiano de crisis alimentaria causada por la sobrepoblación que padece la Tierra. Empujados por la falta de perspectivas que ofrece la masificada sociedad terrestre, sostenida a duras penas por una estricta racionalización de los alimentos, el joven boy scout Bill Lermer junto a su padre,  Molly, la nueva esposa de éste y Peggy, la hija  fruto de un primer matrimonio de la madrasta del joven Bill, deciden embarcar en la  Mayflower con el fin de emigrar a la nueva colonia agrícola situada en Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, en busca de un futuro mejor. Durante el largo y tedioso viaje, Bill traba amistad con otros chicos de su misms edad, algunos de ellos también adscritos al movimiento de Boys Scouts, decidiendo entre todos la formación de una división Ganímedes a su llegada a la colonia agrícola. Es en esta parte de la novela, la referida al viaje hacia la colonia, es cuando mejor se aprecia la intención de las novelas juveniles de Heinlein, dedicadas fundamentalmente a la divulgación científica entre los lectores más jóvenes (y la de los no tan jóvenes), y promover la carrera por las estrellas, un objetivo en el que los Estados Unidos tenían fijados buena parte de sus intereses económicos; de aquí el doble valor de estos escritos: la de captar vocaciones científicas y, por supuesto, la literaria.

A pesar de los muchos detractores de las mismas, las novelas juveniles de Heinlein,  por modestas que puedan parecer, rebosan de saber narrativo, de sólidos y bien aplicados conocimientos científicos y, como no podía ser de otro modo, de los valores éticos y morales que Heinlein asociaba con el pueblo norteamericano: valor, sacrificio, tenacidad y lealtad entre otros. Unos valores con los que se identificaban las nuevas generaciones de lectores adolescentes al encontrarlos en los personajes que protagonizaban las novelas de Heinlein, como por ejemplo el jóven Bill Lerner, de cuyo proceso de superación individual y de madurez somos privilegiados espectadores (lectores en este caso). Un proceso que resulta doloroso en la mayoría de momentos debido a los muchos obstáculos, en forma de pérdidas materiales y personales, que la vida le va colocando en su camino, pero que con la férrea determinación de los héroes típicos de Heinlein consigue superar hasta llegar a integrarse plenamente en la dura y hostil colonia agrícola de Ganímedes. Y es que nada parecía ser como le habían prometido a la familia del joven Bill:  la colonia no podía absorber a tantos colonos y las fincas que les habían prometido para ser cultivadas no existían, ni tan sólo el grupo de boy scout que formaron durante el viaje a Ganímedes tiene razón de ser, ya que en la colonia ya existía una División Ganímedes de jóvenes scout formado por los hijos de los pioneros que fundaron la colonia, a los que tendrán que integrarse como simples novatos.

La dificultad para sacar provecho de las áridas tierras de la colonia agrícola provoca el rechazo frontal de la mayoría de colonos más antiguos, que ven a los recién llegados como rivales y como una pesada carga que alimentar hasta que estos sean autosuficientes; a todas estas dificultades que tenían que capear los recién llegados, se unía el duro trabajo de construir un hogar en los yermos páramos de Ganímedes y de preparar el suelo para que pudiera ser cultivado, esto último mediante la pulverización de rocas provenientes de los flujos de lava con la que se obtenía un polvo orgánico ideal para plantar todo tipo de vegetales. Y todo este trabajo lo tenían que llevar a cabo sin maquinaria pesada, muy escasa en toda la colonia. De esta manera, Heinlein, con la escusa de escribir una novela de aventuras, realiza un estudio magníficamente detallado de los problemas tecnológicos y humanos que plantea la colonización interplanetaria, incluida la condición humana, que es la encargada de poner todo tipo de trabas en las relaciones entre las distintas familias de colonos y entre los propios miembros de las familias.

Ante tantas dificultades, muchos de los recién llegados optan por volverse a la Tierra en la misma nave que los ha traído, pero Bill y su familia se quedan. Aprenden todo lo que deben saber para sobrevivir y conseguir que la tierra sea productiva gracias a la ayuda de sus vecinos, unos prósperos granjeros que los acogen y alimentan mientras preparan sus tierras. Con el tiempo la familia de Bill consigue crear su propio hogar y hacer productivas las tierras que les habían sido asignadas, por desgracia, la mala fortuna se sigue cebando en ellos, esta vez en forma de un devastador terremoto producido por una rara alineación de las lujas de Júpiter. El fenómeo astronómico provoca la total destrucción de la colonia, ocasionando la muerte de buena parte de sus habitantes al quedar inutilizados los sistemas de soporte vital que generaban calor y energía a los colonos. El valor y la determinación de la familia de Bill se pondrán a prueba con la muerte de uno de sus miembros, la joven Peggy, pero será en estos duros momentos cuando salga a relucir todo su espíritu pionero, quedándose para reconstruir la destruida colonia agrícola.

La parte final de la novela, ya con la colonia en vías de recuperación, se centra en una expedición que realizan los jóvenes boy Scout por Ganímedes. Fruto de esta exploración encuentran una cueva con extraños artefactos de origen extraterrestre, entre ellos un vehículo con forma de ciempiés que, tras averiguar su funcionamiento, utilizan para rescatar a un compañero accidentado. Esta breve, aunque emocionante parte final, está poco desarrollada. Las evidencias de una civilización extraterrestre muy avanzada en Ganímedes, cuyos orígenes, según la datación de los objetos encontrados, se remontan a milenios antes de la llegada de los primeros colonos terrestres, no es aprovechada por Heinlein para introducir un elemento que enriquezca la trama.

Poco más puedo decir sobre El granjero de las estrellas, en lo relativo a su génesis y argumento; por lo que respecta a la edición que de esta novela ha realizado La Factoria de Ideas, os remito a la entrada que sobre la misma apareció hace un tiempo en Aburreovejas, en la que se detalla la cicatera política recaudatoria que viene efectuando esta editorial; en esta ocasión, el malestar que puede trasmitir a un futuro lector la adquisición de la novela de Heinlein es la relación precio final de la novela-número palabras. Con la mitad de páginas se podría haber editado perfectamente, pero no podrían haber cobrado los 20€ largos con los que penalizan a quien desee acercarse a este clásico de la ciencia ficción.

jueves, septiembre 15, 2011

JOE HALDEMAN - Rumbo a Marte

Haldeman es un valor seguro. De ahí que no me ha resultado extraño que las  altas expectativas que tenía con Rumbo a Marte se hayan cumplido con creces, resultando una de las lecturas más agradables de los últimos tiempos. La esmerada revisión que hace Haldeman de las “novelas juveniles” del maestro Heinlein sorprende por la destreza con la que consigue recrear un modelo literario reconocible para los amantes del género de la ciencia ficción, pero sin llegar a caer en un ejercicio de travestismo que le reste al texto la propia personalidad del autor, reconocible por su tendencia hard  y por lo poco dado que es a especulaciones científicas de corte fantasioso, como eran las que, en la mayoría de ocasiones, se incluían en las obras para jóvenes de Heinlein.

Lo verdaderamente admirable de esta obra es como consigue Haldeman atrapar al lector gracias a una prosa tranquila, construida con frases cortas, sin recurrir a  complejas subordinaciones ni dejarse llevar por las estrategias textuales que puedan confundir al lector. La economía de recursos empleada en esta narración escrita en primera persona agiliza tremendamente la lectura, ayudada por la atracción mimética que desde la primera página se siente por la protagonista, Carmen Dula, una joven adolescente que tiene que dejarlo todo para acompañar a sus padres a Marte. La novela funciona también como el diario de una adolescente en pleno viaje iniciático hacia la madurez, al mismo tiempo que el texto se va constituyendo como una poderosa máquina de guiños literarios al lector habitual de ciencia ficción que, sin duda, encontrará un estimulo añadido gracias a la sensación de ir descubriendo entre las páginas de Rumbo a Marte a otros autores además de Heinlein, como pueden ser Clarke y Asimov, en un tour de force que emprende Haldeman con la intención de transportar a los lectores al corazón de la mejor ciencia ficción de la Edad de Oro, una difícil tarea que requiere de esfuerzo y habilidad pero que la pericia del autor hace que llegue a buen puerto, creando una obra que destila un gusto a clásico añejo, a los buenos tiempos de la ciencia ficción.

La novela en sí está estructurada en tres partes bien diferenciadas, herencia inevitable de haber sido editada en primer lugar como una novela por entregas en la revista Analog. El primer tercio de novela une la construcción de la identidad de la protagonista a través de su proceso mental mediante una crónica personal de carácter intimista en la cual la adolescente hace una detallada exposición de todas sus decepciones pasadas, que no son distintas a la de cualquier joven de ahora, con sus problemas en las relaciones humanas o en los estudios, la nula relación con sus padres y hermano o de la falta de motivación con la que emprende una nueva vida en un planeta en el que apenas viven un centenar de colonos; la falta de abstrusos monólogos interiores y de fábulas moralistas en esta fase de la narración hace que el lector trascienda la anécdota de la acción y la aventura y escoja al personaje como motor de la narración por encima de todo lo que supone el ascenso desde la Tierra hasta la estación orbital en la que espera la nave que los llevará hasta Marte. El viaje inicial se realiza por medio de un “ascensor”, similar al ideado por Clarke en Las fuentes del paraíso (1979), por cierto, la nave ha sido bautizada como John Carter, el héroe protagonista de la serie marciana escrita por Edgar Rice Burroughs, otro guiño a los grandes nombres del género. En esta parte de la narración aparece el Haldeman más hard al describir, de una manera tan simple como concisa, un programa espacial posible con una tecnología accesible en pocas décadas, con lo que esta visión realista de la “conquista del espacio” nos ayuda a imaginar cómo serán esas primeras experiencias y los problemas que ocasionarían la falta de gravedad y la radiación solar a la que obligatoriamente se verán expuestos los cosmonautas.

La segunda parte de la novela comienza con la llegada de Carmen a Marte después de seis meses de un duro viaje a gravedad cero en el que se han producido grandes cambios en la relación con su familia; además ha comenzado una relación sentimental con el piloto de la nave, diez años mayor que ella, lo que se traduce en el enfrentamiento de Carmen con la administradora de la colonia marciana, personaje típicamente “heinleniano” que viene a representar la opresión del estado sobre el individuo, el atentado a la libertad personal y demás fobias del maestro Heinlein. La dureza de la vida en la colonia, el aburrimiento de la monotonía y la constante persecución por parte de la administradora comienza a hacer mella en la joven, pero justo en el momento en el que la determinación de Carmen Dula comience a flaquear se produce el encuentro con los “marcianos”. El enigma sobre la raza de extraños seres que encuentran, los muchos enigmas que se plantean sobre ellos y las aventuras que viven los colonos marcianos dan paso a la tercera y última parte de la novela, que se inicia tras una elipsis temporal de varios años en los cuales Carmen ha terminado sus estudios universitarios, ha cuajado su relación con Paul, el piloto, y se ha convertido en la pieza clave en el proyecto de convivencia que se ha iniciado, junto a los recién encontrados marcianos, en la base orbital terrestre construida con la finalidad de que ambas razas lleguen a conocerse mejor. Carmen ha establecido una sólida relación de amistad con Rojo, el líder de los marcianos que le ha salvado la vida en dos ocasiones, con lo que se vuelve a reconstruir otro de los tópicos de las “novelas juveniles” de Heinlein: la amistad entre el joven protagonista y un alienígena bueno que en ocasiones actúa como mascota (cosas del antropocentrismo), recordemos por ejemplo los casos de Rebelión en el espacio (Red Planet), Hija de Marte (Podkayne of Mars) o Consigue un traje espacial: viajarás (Have space suit – will travel). En la estación orbital ocurren una serie de acontecimientos que parece indicar que los supuestos marcianos no son originarios de Marte, sino que han sido dejados allí por una inteligencia alienígena para controlar a los humanos y, si representan una amenaza, eliminarlos. Será aquí, al final de la novela cuando se le podrá achacar al autor algún pero a su obra por la rapidez, casi brusquedad con la que acaba la novela tras la  dejando muchos cabos sueltos todavía por resolver; por cierto, un final que se asemeja mucho al que Heinlein quería para Podkayne of Mars y que su editor le obligó a cambiar.

Rumbo a Marte (Marsbound) es la primera entrega de una trilogía que continuó con la aparición de Starbound (2010), en la que continúan las aventuras de Carmen Dula y de su ya marido, el piloto Paul Collins, embarcados en una misión que les llevará al lejano planeta de los Otros para evitar la destrucción de la humanidad. Con Rumbo a Marte se recupera el sabor de la ciencia ficción más tradicional y, sin duda, es una buena novela para que muchos jóvenes lectores se inicien en la ciencia ficción. Para finales del presente año está anunciada la aparición de la tercera entrega de la trilogía que llevará por título Earthbound.

martes, febrero 03, 2009

EL REY RATA - CHINA MIEVILLE

Se me antoja imposible hablar de esta obra de Mieville sin tener como referencia la que sería su posterior producción literaria. lo que nos lleva a la perversa paradoja de medir el pasado teniendo como modelo lo que todavía no había escrito. Una circunstancia que sin duda ha favorecido a este brillante autor, que de haber sido El rey rata su carta de presentación en lugar de la celebrada serie de Bas-lag serían muchos menos los que cuentan las bondades de su narrativa; pero ese no es el tema en cuestión, de palmeros ya hablaremos otro día.

Con la perspectiva que ofrece el tiempo transcurrido desde su publicación en 1998 y sin hacer comparaciones, siempre odiosas, sería justo reconocer que este primer trabajo de Mieville resulta una muy buena novela de ficción urbana a pesar de algunas deficiencias como pueden ser las disonancias en escenas que no terminan de reflejar todo lo que el autor quería trasmitir, en cambio otras son memorables; unos altibajos narrativos que no lastran en exceso el total de la novela. Mieville presentaba en esta novela lo que será su personal paradigma de horrores y pesadillas compuestos por unos elementos comunes en la totalidad de sus obras, un muestrario de clichés que se remarcan como un hilo rojo entre el blanco y negro de la épica crepuscular que teje para confeccionar su universo literario: la empatía que muestra por los parias de la sociedad, un reflejo de su ideario político de tendencias marxistas que no disimula en ningún momento; la cosificación y animalización de muchos de sus personajes, prisioneros de una genética manipulada para poner de manifiesto la sustracción de la identidad humana como herramienta de manipulación; la obsesiva utilización de una ciudad victoriana de estética enfermiza como decorado para que se muevan la caterva de aberraciones de la naturaleza que en ella encuentran cobijo. Este alumno aventajado de Baudelaire, el gran maestro del culto a los peligros de la ciudad, encuentra en el desierto de la gran urbe el lienzo necesario para mostrar con el pincel de su narrativa toda la belleza decrépita que encierran los laberintos de piedra transitados por sombras anónimas, habitantes de ese sanatorio, purgatorio, prostíbulo o infierno que marca la línea que divide el mundo real del imaginario.

Que no busque el lector en esta novela una aproximación al Crobuzon del Mieville consagrado. En el Londres de dos caras, que es el auténtico protagonista de El rey rata, se escenifica un cuento para niños con personajes buenos y malos, con príncipes y reyes, un caballero negro, animales fantásticos, seres con poderes extraordinarios y, por supuesto, un final con moraleja. A disfrutarlo.

jueves, agosto 21, 2008

PETER F. HAMILTON - La estrella de Pandora

Podemos definir la obra de Peter F. Hamilton como ambiciosa y desmesurada gracias a las virtudes que atesora este narrador de raza, enemigo del papel en blanco y del minimalismo argumentativo, al que no le son necesarios grandes alardes técnicos ni estilísticos para ganarse a un lector al que convierte párrafo a párrafo en su compañero de viaje. Una ambición que ya dejó patente con La caída del dragón, su primera obra editada en nuestro país, un space opera colosal, tanto por extensión como por intención. Ahora, con La estrella de Pandora - primera entrega de la dilogía que se completara con Judas unchained- podemos disfrutar de nuevo con la exhuberancia de ideas de las que nos hace partícipe Hamilton gracias a su imaginación desbocada. Precisamente esa facilidad para crear y unir sus ideas ha sido el principal obstáculo que han encontrado sus novelas para llegar a nuestras librerías. La dificultad para publicar obras tan extensas pesaba en las editoriales de la misma forma que hacía que algunos lectores se pudieran  sentir intimidados por la contundencia de un libro de casi 800 páginas que tan sólo es una primera parte, aunque una vez instalados entre sus páginas podemos reafirmarnos en la idea de que el tamaño no es más que un espejismo de la distancia, y que esta obra, llamada a convertirse en un referente del género, necesita de esta extensión para desarrollar convenientemente la panoplia de personajes y situaciones que se despliegan sin dar tregua al lector.

Edición francesa de La estrella de Pandora

El argumento que encontramos gira entorno al descubrimiento de un enigmático campo de fuerza que aparece de improviso alrededor de una lejana estrella. Intrigados por tan extraño suceso, y con la sospecha de que puede representar una amenaza para los humanos, el gobierno de la Federación decide enviar una nave de exploración para averiguar quién y para qué ha creado esa barrera. La novela narra los acontecimientos previos al viaje de exploración, la preparación del mismo, las dificultades que debe superar y, por último las trágicas consecuencias que conllevará.




El universo donde se escenifican estos sucesos está supeditado a dos elementos que marcan la existencia de todos sus habitantes. El primero de ellos es la rápida y fácil expansión hacia otros planetas gracias a la tecnología que permite crear agujeros de gusano como medio para viajar entre las estrellas; el segundo, y quizás el que más elementos proporciona a la trama, es la tecnología que permite rejuvenecer, incluso volver a la vida, gracias a unos implantes de memoria en el cerebro que almacenan los recuerdos. De esta manera se dota a los seres humanos de una inmortalidad artificial y la posibilidad de conseguir una juventud perenne. Un tema ampliamente explorado en los últimos años por otros autores como Richard Morgan en Carbono alterado, David Brin con Gente de barro o el ruso Serge Lukianenko en Línea de sueños. Aquí señalaría los pocos peros que le pondría a la novela: como se solapan en importancia estos dos elementos y lo poco trabajada que resulta en algunos momentos la parte ética y moral de esta inmortalidad artificial.

Con este escenario de fondo se pone en marcha una obra coral construida con los diversos hilos narrativos que Hamilton utiliza para tejer un tapiz de personajes y acontecimientos que avanzan de manera parsimoniosa, pero firme hacia un horizonte que nos va mostrando con cuentagotas. De esta manera consigue dotar la narración de la tensión necesaria en cada momento, sin caer en la hojarasca retórica, pero acariciando los detalles para hacer de su particular universo creativo un lugar que el lector hace también hace suyo. Pero una cosa debe de tener bien claro el lector: La estrella de Pandora es, ante todo, una novela negra antes que de ciencia ficción. Algo que no debe extrañarnos puesto que Hamilton comenzó su periplo como escritor con la serie de novelas sobre Gred Mandel, un detective psíquico al que colocó en una Inglaterra futurista y decayente. En esta ocasión el personaje que centralizará su atención y que servirá como nexo entre todos los hilos argumentales que forman la novela será Paula Myo, investigadora jefe de la policía de la Federación, a la que recubre con una fina pátina de humor británico, sutil e irónico en todo lo que la rodea; un personaje desubicado en la sociedad de su tiempo y que vive para su trabajo, enfrascada desde hace más de cien años en el caso de un grupo terrorista denominado los Guardianes del Ser que están convencidos de la manipulación de la raza humana por parte de una maligna fuerza extraterrestre a la que llaman el “aviador estelar” y que, según sus creencias, llegó a bordo de una misteriosa nave extraterrestre encontrada en un alejado planeta de la Federación( elemento en común con La Caída del dragón donde también se crea una leyenda entorno al advenimiento de una misteriosa figura extraterrestre que sirve de eje a la novela).

Otra cuestión a tener en cuenta es la certeza de que Hamilton no da puntadas sin hilo, es decir, todas ya cada una de las escenas y personajes que componen la novela juegan, de una manera u otra, un papel importante en la trama. Así pues, veremos desfilar entre las páginas de La estrella de Pandora a Wilson Kane, un antiguo astronauta que fracasó en su intento de pasar a la posteridad siendo el primer hombre que ponía el pie en Marte y que, varios siglos después volvía a tener una “segunda oportunidad” de pasar a la historia al comandar la nave que debía ir a investigar el misterio de Alfa Dyson; Mellanie Rescollari, que de un papel secundario en la trama pasará a ser un personaje importante (magnifico momento donde escenifica el mito de Fausto para mostrar el papel de nuevo infierno que juega la IS: inteligencia artificial formada por los recuerdos de todos los que no han querido o podido seguir viviendo en la nueva sociedad que surge de la victoria sobre la muerte). También tiene una especial importancia el personaje de Ozzie, coinventor de la tecnología que permite viajar gracias a los agujeros de gusano, dedicado a la busqueda de un nuevo reto en los senderos de los Silfen, unos curiosos alienígenas parecidos a elfos que viajan entre los distintos planetas gracias a senderos escondidos en los bosques. Junto a Ozzie viajan un adolescente y un extraño extraterrestre, todos ellos en busca de una respuesta que de significado a sus vidas y que creen que encontrarán al final de su particular camino de losas amarillas que resultan ser los senderos de los Silfen.

Por supuesto no puede faltar en la novela una compleja trama de intrigas políticas y económicas que tiene su mejor momento cuando Gore Burnelli, jerarca de una de las más importantes familias de la Federación, da una fiesta en su colosal mansión para los grandes empresarios que mueven los hilos del poder (idea recurrente de Hamilton en varias de sus obras: el poder en manos de grandes corporaciones empresariales). En esta escena aparece el patriarca de los Burnelli caracterizado como Zeus en su Olimpo, omnisciente y todopoderoso entre sus hedonistas hijos entregados a los placeres mundanos. Por supuesto no podía faltar un héroe arquetípico en tan singular collage de personajes, este papel lo encarna Kazimar, joven y asilvestrado miembro de los Guardianes del Ser a quien Hamilton dibuja con todas las virtudes que caracterizan a los protagonistas de los relatos románticos y rurales ambientados en la campiña inglesa; adornado, además, con las gestas de un nuevo William Wallace.

Como se puede observar, un amplio abanico de personajes y situaciones que, pese a lo dispares que resultan entre sí, forman un todo consecuente que sirve de contrapeso a la parte más “mediática” o publicitada de la novela como es la confrontación bélica entre dos fuerzas antagónicas, sin duda, el banderín de enganche que atrae los lectores a este díptico de Hamilton, pero que dista mucho de ser lo más relevante de la narración. Termina esta novela con todos los hilos abiertos y dejando al lector como diría el bonito tópico del folletín radiofónico: “con el alma en vilo” a la espera de la resolución final, que esperemos no se haga de rogar y la tengamos pronto a nuestra disposición.

lunes, julio 14, 2008

VELLUM - Hal Duncan

Son comprensibles las reticencias que puede experimentar un editor a la hora de lanzarse a publicar Vellum. De igual manera son comprensibles los dos puntos de vista, totalmente opuestos, que expresan los lectores sobre esta novela. Mientras una buena parte de los lectores despotrica de esta obra – con razones de peso- el resto saluda la obra de Duncan como un soplo de aire fresco en la lineal y monótona literatura de género, prisionera de los convencionalismos inmovilista que la mantienen estancada desde tiempo inmemorial. Pero no busquemos culpables de esta parálisis de ideas más allá de los verdaderos responsables: nosotros los lectores. Con tanta saña criticamos la falta de inventiva y originalidad como crucificamos a todo aquel que se salga de los caminos recorridos una y mil veces que encorseta argumentos para hacerlos tan previsibles como anodinos.

Y a todo esto llegó Vellum. Y con Vellum ponemos a prueba nuestra capacidad para aceptar el juego que nos propone Duncan: tomar como dogma de fe que lo que estamos leyendo es el camino que nos elevará a un nuevo mundo literario para el que sólo están preparados unos pocos elegidos, o bien interpretar lo que se nos muestra ante nuestros ojos como un experimento fallido, un texto donde la presunta complejidad en su estructura sirve de excusa de mal pagador al pobre argumento que, travestido de eclecticismo postmoderno, pretende menospreciar la inteligencia del lector. Por supuesto no le puede faltar a libros como Vellum su corte de palmeros que lo visten con el fatuo aroma del esnobismo, pero eso es otra historia.

Duncan esconde su incompetencia tras la maraña de imágenes inconexas que lanza a través de las páginas de su novela con la pretenciosa intención de crear un nuevo modelo de narrativa experimental. Para tal fin, el argumento de Vellum se sustenta en pilares tan firmes y reconocibles como las referencias a los Mitos de Cthulhu y a su biblia, el Necronomicon; sin olvidar el remedo de tradición homérica que esboza con la amalgana de distintas cosmogonías de dioses y demonios que conviven con los mortales, sin duda herencia de los mitos religiosos de diversas civilizaciones pretéritas que Duncan no duda en utilizar en su provecho. Todo esto escenificado con unos personajes a lo Tarantino en un entorno en el que predominan los grandes saltos en el tiempo y el espacio para despistar al lector, un poco más si cabe. Y ciertamente que Duncan  consigue salir con éxito a la hora camuflar su falta de originalidad a la hora de innovar y presentar ideas propias. Para que molestarse si otros ya han creado algo nuevo e interesante antes, pues se adapta a las necesidades propias y punto.

Pero su mayor éxito a la hora de encandilar al lector con un mal truco de prestidigitación lo consigue al basar su estrategia narrativa en la ruptura de las más fundamentales normas de comunicación emisor/receptor, faltando de esta manera al acuerdo tácito que se establece entre el narrador y lector: una cooperación elocutiva que reparte la interpretación del texto al 50% entre ambos extremos de la comunicación, aquí es el lector quien tiene que hacer el 80% del trabajo, con lo que se ralentiza la lectura y su comprensión en exceso. Convierte su discurso en un taller de manufacturas narrativas del que surgen historias cuyo valor no reside en su capacidad de asombrarnos por su verosimilitud, sino en su perversa habilidad para convertirse en paradoja y acertijo a descifrar. De esta manera nos obliga a buscar su desconcertante lógica interna que, en alguan extraña ocasión, se manifiestan al contemplar las situaciones más comunes, iluminadas de repente, revelándonos la certeza de que todo mundo imaginario se encuentra ya, latente, en nuestro mundo cotidiano. Un espejismo creado por la buena voluntad del perdido lector entre los sombrios pasadizos que forman los hilos argumentales de Vellum.

No me voy a extender más sobre Vellum, creo que dejo claro mi parecer sobre esta obra. Lo mejor que puedo decir es que se puede entender la aventura de escribir esta novela como un excéntrico ensayo alrededor de la creación artística, expresada como la analogía literaria de El urinario de Duchamps, pero nunca como un ejercicio de estilo y ni por asomo como una buena novela.

miércoles, julio 09, 2008

LOS DIENTES DE LOS ÁNGELES - Jonathan Carroll

Después de la grata sorpresa que resulto ser El mar de madera, de lectura imprescindible, no veía el momento de volver a encontrarme con otra de las obras de Jonathan Carroll. Pero ya sabemos como funciona esto: cuando uno se hace grandes expectativas sobre una lectura el chasco es inevitable. Y no es que Los dientes de los ángeles sea un estorbo en el camino que hay que sortear sin detenerse para hacerle el más ínfimo de los cumplidos, nada de eso, pero las sensaciones que deja al terminar su lectura no justifican que se recomiende como si ocurre con otras de sus obras, salvo a aquellos incondicionales de este autor. Sin duda esta no es, ni de lejos, su mejor creación; aunque sí presenta diversos elementos interesantes propios de Carroll y de su peculiar y maravilloso modo de aplicar las convenciones del género fantástico.
El argumento de la novela no es más que una escusa que sirve a los propósitos del autor para crear diversas aproximaciones a la vejez, la enfermedad y la muerte, donde los principales personajes que aparecerán en esta fallida historia parecen salidos de una de esas espantosas películas perpetradas por el sobrevalorado e histriónico director de cine manchego Pedro Almodóvar. La troupe de actores que pondrá en escena Carroll está encabezada por un homosexual enfermo de cáncer y una estrella, ya apagada, del Hollywood más glamoroso; serán ellos los encargados de encarnar la enajenación y el desquiciamiento del individuo contemporáneo ante la inevitable llegada de la muerte: un personaje estelar en esta historia elegíaca y grotesca, que dibuja el autor de dos maneras totalmente opuestas. La primera como acertada expresión onírica de los miedos más íntimos de los desahuciados, o bien como aviso para navegantes sobre cómo pasa la vida y cómo se acerca la muerte. Cruel destino al que no podemos escapar; una modernización del tópico cotidie morimus que con tanto acierto cultivo Quevedo en sus sonetos metafísicos.

A la hora de hacernos llegar su novela, Carroll no escatima recursos literarios para dar vida a esta historia crepuscular; y los utiliza con acierto. Un claro ejemplo de esta maestría es la narración epistolar que nos acerca al bello amor otoñal que Carroll regala a uno de sus personajes, en el que un beso es el mundo y la imaginación y el recuerdo del amado ejercen una tiranía sobre los sentidos superior a cualquier urgencia física. Seguramente lo mejor que encierra esta novela entre sus páginas. Además de este momento de excelencia creativa, me quedo de la lectura de Los dientes de los ángeles con las brillantes imágenes de la decadencia humana servidas en forma de naturaleza muerta que dibuja los últimos compases de la partitura de la vida de unos personajes que proyectan su pasado esplendor ante sus últimos momentos de vida terrena. Lo que menos me ha gustado ha sido, sin duda, el final. Mal resuelto.

lunes, abril 28, 2008

DARWINIA: Charles C. Wilson

En el último (por ahora) dumping editorial que ha lanzado a los aficionados a la literatura de género a una nueva compra compulsiva de ofertas destacan diversos títulos que merecen ser tenidos en cuenta. Uno de ellos es esta novela de Charles C. Wilson que lleva por título Darwinia. Cierto es que a pesar de la expectación con que en su momento fue esperada su publicación no tuvo el éxito de crítica esperado, es más, se la consideró una novela fallida en cuanto a su objetivo y desarrollo.

Con la perspectiva que ofrece el tiempo transcurrido desde su edición en castellano sería justo reconocer que a pesar de sus deficiencias es una muy buena novela de ciencia ficción donde quedan patentes las virtudes de un escritor que está dando un buen número de títulos interesantes; sirva de ejemplo Spin su novela ganadora del Hugo en el 2006 y que verá la luz en breve editada por Omicron.

En Darwinia podemos encontrar todos los temas recurrentes del imaginario de este autor que se repiten de manera metódica en la mayoría de sus relatos. Para empezar, no puede faltar el suceso inexplicable que cambia el destino de la humanidad y que marca desde las primeras páginas por donde irá el argumento de la narración. Será en este escenario de incertidumbres y misterios por resolver donde colocará a sus personajes, su mejor baza narrativa, a los que dota de una sólida entidad. Un factor que ayuda a la empatía que generan en el lector que se convierte en cómplice de ellos en la resolución de todos los enigmas que van surgiendo en relación a ese fenómeno misterioso que cambia de manera definitiva el curso de la historia y de la sociedad. Porque una cosa debemos de tener claro cuando nos enfrentamos con una novela de este autor: el verdadero eje sobre el que gira su obra es la extraordinaria construcción de los personajes y de lo cercanas que nos resultan sus experiencias vitales; no obstante, no podemos obviar las brillantes ideas que nos presenta en cada uno de su libros, siempre bien fundamentadas en su concepción a pesar de que en ocasiones las desarrolla de forma un tanto irregular; Darwinia es un claro ejemplo de esta falta de solvencia a la hora de rematar en el texto todo lo que podía haber dado de sí el planteamiento inicial que nos hace Wilson.

Y es que no es poco lo que nos propone de inicio, nada menos que la desaparición del continente Europeo sustituido por una tierra misteriosa con una fauna y una flora desconocida, un “milagro” inexplicable que da pie a experimentar con las posibilidades que genera esta idea que convierte la novela en un ucronía de lo que pudo haber sido el mundo si este hecho se hubiera producido en 1912. La construcción del relato pondrá de manifiesto el resto de temas recurrentes que emplea Wilson en sus obras como son la religión y los universos paralelos.

El resultado final deja una novela entretenida de leer y que resultará un buen punto de partida para aquellos que todavía no se hayan acercado a la obra de este escritor; sin duda uno de los mejores de la ciencia ficción actual y que siempre aporta ideas interesantes sin descuidar el tono literario aportando una prosa elegante. No olvidemos que a pesar que la ciencia ficción es básicamente un género de ideas, la literatura se construye con palabras.


lunes, abril 21, 2008

EL MAR DE MADERA: Jonathan Carroll

El mar de madera es un claro ejemplo de realismo fantástico. El género, o mejor dicho subgénero del que renegó un grande de la literatura como fue Borges, y que en la actualidad se cultiva como objeto de consumo masivo, alejado de la intención intelectual que bebía de las fuentes expresionistas y surrealistas que generaron las vanguardias artísticas de principios del siglo XX. El realismo mágico, un tipo de fantasía en el que los acontecimientos más extraños se narran de forma llana y realista, es realmente efectiva para el lector cuando este pierde la referencia entre lo real y lo irreal, entre lo factible y lo imposible, de esta manera, se crean personajes y entornos que sorprenden al lector.

A pesar de tratarse de una obra literaria, El mar de madera presenta un lenguaje más visual que narrativo; herencia, sin duda de series de culto como la reciente “Perdidos” o “Twin Peacks” que nos martilleó un tiempo con la pregunta aquella: ¿Quién mató a Laura Palmer? y que Carroll sustituye en esta novela por una duda más filosófica: ¿Cómo remar en un mar de madera? Un surrealismo que sólo funciona mientras nos hacemos preguntas sobre lo que está pasando y especulamos con todo tipo de juegos mentales para encajar en una lógica razonada los nuevos acontecimientos que aparecen ante nuestros ojos. El problema de entrar en este juego es que se derrumba la magia ante cualquier respuesta que, por ingeniosa que pueda ser, nunca llegará a satisfacer las expectativas del lector, por lo que la pericia del escritor/guionista que se adentre por los peligrosos vericuetos de tensionar en demasía las expectativas del receptor de su trabajo debe ser mucha para que toda la expectación que ha generado no se vuelva en su contra. En este aspecto Jonathan Carroll se muestra consciente de que los hechos irreales no tienen justificación alguna. No existe una certeza sobre lo que está ocurriendo, por lo tanto el lector no necesita explicaciones y estas no son incluidas en el relato, ya que la ambigüedad subsiste hasta el fin de la aventura siendo éste un gran acierto por parte del autor.

El relato en sí, presenta a Frannie McCabe, exdelincuente juvenil y en la actualidad sheriff de una idílica población estadounidense, que en estos momentos disfruta de una plácida existencia junto a su segunda esposa y la hija adolescente de ésta. Hasta aquí nada fuera de lo normal, pero la aparición de un extraño perro con tres patas que después de muerto y enterrado vuelve a la vida es el punto de partida de una serie de extraños sucesos que escapan a la razón y que sumirán al sheriff McCabe en una sucesión de episodios que lo transportan por un mundo onírico a épocas pasadas y a un futuro cercano; es aquí donde brilla el talento de Jonathan Carroll manejando con soltura una temática que en otras manos se convertiría en un galimatías él la transforma en una historia inteligente y bien enlazada. por supuesto, no se puede dejar sin mención la genial y dickensiana aparición de los Frannie McCabe pasados y futuros, sin duda el punto fuerte de la novela, con momentos de gran tensión emocional que dejan en un segundo plano anécdotas como la pluma multicolor, el perro con tres patas, los alienígenas o el concierto de los Beatles en un parking.

En resumen, una estupenda novela que me descubre un escritor a seguir como es Jonathan Carroll. No dejaré pasar mucho tiempo sin volver a sumergirme en una de sus historias. Vale la pena.
OTRAS VISIONES:

lunes, septiembre 17, 2007

EL CÓDICE ROSETTA - Richard Paul Russo

La Factoría ha publicado dentro de su colección Solaris Ficción dos novelas de este escritor norteamericano. La primera, Dentro del Leviatán, se consideró tan entretenida como prescindible. Un claro ejemplo de novela de serie B sin más pretensiones que hacer pasar un buen rato.

El Códice Rosetta puede compartir estos adjetivos sin ningún problema. Sorprende la cantidad de reseñas que circulan por la red sobre esta novela, a pesar de que no pasará a la historia del género es justo indicar que ha sido leída por un gran número de aficionados.

El referente más próximo de El Códice Rosetta son las novelas juveniles de Heinlein, en especial Ciudadano de la Galaxia con la que comparte bastantes puntos comunes en el argumento, no tanto en el desarrollo: Heinlein está a años luz en cuanto a recursos, oficio y estilo que el hipotenso Russo. Lo de hipotenso lo digo por la falta de tensión que trasmite la novela. Toda la acción trascurre de una manera lánguida, sin momentos álgidos que animen al lector. A todo esto hay que incluir lo previsible de toda la trama y lo plano de los personajes, faltos de profundidad y de interés.

Paradójicamente, sus muchos defectos son su mejor virtud. La falta de ambición y de originalidad no dan para que el lector se complique la vida con ideas complejas y confusas, simplemente se dedica a ir pasando las páginas de manera relajada. Una novela que sirve para pasar el rato y poco más.

El argumento, a grandes trazos, es el siguiente: un joven, desarraigado y predestinado huérfano, heredero de un gran imperio (económico), decide escapar de su actual situación de esclavitud y emprende un viaje iniciático que le debe llevar a cumplir su destino. Por el camino encuentra un objeto de gran poder que le ayudará a ponerse en contactos con una inteligencia superior que devolverá al universo a su status quo original. Durante el viaje diferentes vivencias irán curtiendo al intrépido joven en forma de pérdidas de seres queridos y del emotivo reencuentro con su pasado.

¿Os suena de algo el argumento? Vamos, un prodigio de originalidad.

OTRAS VISIONES.

Sitio de Ciencia Ficción

EnClavePública

viernes, agosto 17, 2007

REGRESO A BELZAGOR (Downward to the Earth) – Robert Silverberg

El reciente saldo de La Factoría ha puesto a disposición de muchos aficionados un buen número de títulos apetecibles. Entre ellos se encuentra Regreso a Belzagor del maestro Robert Silverberg; lo de maestro se debería de poner en mayúsculas. La revisión novelada que hace en esta novela del Zaratustra de Nietzsche es sencillamente genial.

Una tarea nada fácil la de hacer digerible la teoría filosófica de Nietzsche a través de una obra concebida, en principio, como de evasión y entretenimiento, pero mientras pasaba las páginas crecía mi asombro al ver reflejado en cada acontecimiento, en cada personaje de Regreso a Belzagor todas y cada una de las ideas y conceptos de Nietzsche.

Silverberg ofrece en clave de ciencia ficción un canto al Vitalismo de Nietzsche y su concepto de vida: la comprensión de la vida en el sentido biológico como elemento para subrayar el papel del cuerpo humano, los instintos, lo irracional, la naturaleza, la fuerza y la lucha por la subsistencia.

Términos como la muerte de Dios, el nihilismo, el eterno retorno como síntoma de vitalismo, la voluntad de poder como esencia de la vida (que se ve reflejada en muchos de los protagonistas de las obras de Silverberg: Manjipur, etc), la división moral entre lo apolíneo y lo dionisiaco, la transmutación de los valores, y por supuesto el Superhombre que debe de emerger de este cambio y dejar atrás al Último Hombre: entendido como el hombre de los tiempos actuales, no cree en nada, pero se cree feliz, es un ser menospreciable que vive una vida gris. Estos son los elementos que ejercen la función de armazón, de esqueleto que queda recubierto con el escenario futurista que con tanta soltura domina Silverberg, y que da forma a Regreso a Belzagor, pésima traducción del título original: Downward to the Earth. Título mucho más acertado al trasfondo mesiánico de la novela.

La novela arranca cuando Edmund Gundersen vuelve a Belzagor atraído por los recuerdos del pasado y por el sentimiento de culpa producido por los actos cometidos durante su anterior estancia en el planeta, donde ejerció con mano de hierro su cargo como gobernador.

La pérdida de valores tradicionales que el personificaba como colonizador y representante del antropocentrismo, y la no asimilación de la idea de la existencia de seres elefantiásicos como los nildores, auténticos dueños del planeta y dotados de una inteligencia emocional, espiritual y moral superior a la de los humanos, lleva a Gundersen a una transmutación de los valores: destrucción de antiguos valores y creación de nuevos que lo liberen de su sentimiento de culpa.

Para este fin emprende un viaje a lo más profundo de las selvas de Belzagor, un viaje iniciático para encontrarse consigo mismo y trascender, dejar atrás al último hombre. Ha tomado consciencia de la muerte de dios (nihilismo); nada tiene valor, ha perdido los valores de su propia tradición.

En su viaje por Belzagor, Gundersen experimentará la voluntad de poder que lo llevará a conocer la realidad de los seres que habitan el planeta y descubrirá el eterno retorno en el que viven: el constante renacer en un nuevo ser vivo distinto al que han sido anteriormente.

En contraposición con la moral y espiritualidad de los Nildores, que representan el espíritu apolíneo, de Apolo, dios de la belleza, los valores de la razón, la medida, es la moral de los señores, el equilibrio en la filosofía de Nietzsche, Silverberg coloca a los pocos habitantes terrestres que quedan en Belzagor, encabezados por la esposa de Kurt, y a los hedonistas turistas que lo visitan: clara representación de el espíritu dionisiaco, de Dionisio, dios de la orgía, de la desmesura, la embriaguez mística y la anulación de la conciencia personal, es la moral de los esclavos.
La voluntad de evolucionar lleva a Gunderser a realizar la ceremonia de trascendencia de los Nildores; ceremonia donde se trasforma en un ser emocionalmente superior. La prueba final del proceso de trasformación es la aceptación del resultado final del cambio como representación del eterno retorno de las cosas, es decir, asumir que han de volver a acontecer los sucesos del pasado. Es la prueba más dura a la que se enfrenta la voluntad de poder. Desear no sólo las cosas buenas sino también las “malas” y “negativas”. La idea clave del eterno retorno es la repetición, el ciclo que se ejecuta una y otra vez, sin que nada apunte hacia un estado final.

El final del viaje es la consecución de una nueva etapa de existencia: El superhombre. El superhombre es una figura colectiva, símbolo de todos aquellos dispuestos a realizar la transmutación de los valores y apropiarse de todos los valores de la condición humana. No es un ser superior al hombre, sino un hombre que vive su vida como “artista trágico”, según la propia definición de Nietzsche. El superhombre es la coronación de un proceso de trasformación espiritual. Ha comprendido la disolución de los valores tradicionales, no se engaña.

El final de la novela presenta a Gunderser trasformado en una figura mesiánica con la intención de redimir todos los pecados de sus congéneres, ayudarlos a conseguir la tan deseada evolución moral y espiritual que debe elevar a la raza humana a un nivel superior de existencia.

Así entiendo yo Regreso a Belzagor y así lo cuento. No tengo dudas sobre la influencia de Nietzsche en esta novela. Para lo que no encuentro respuestas es para el porqué la escribió y qué significa esta novela en su carrera literaria.

No conozco en profundidad la obra de Silverberg, prometo ponerme al día, para opinar sobre el significado de Regreso a Belzagor. ¿Significaba un cambio en la obra de Silverberg? ¿Un cambio en la propia literatura de ciencia ficción? Quién sabe, lo cierto es que después de haber leído Regreso a Belzagor tengo la sensación de haber descubierto uno de los más grandes escritores de ciencia ficción, y no sólo de ciencia ficción; Silverberg, al igual que Gundersen, también consigue trascender a un nivel superior en esta novela.

OTRAS VISIONES.

El rincon de Nacho

De Leyenda

El Kraken
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...