viernes, octubre 19, 2012

H. P. LOVECRAFT - Dagón

Según Rafael Llopis -una de las máximas autoridades en lo que concierne a la obra de H. P. Lovecraft, a cuya labor de ensayista, traductor y recopilador debemos la publicación de la antología Los Mitos de Cthulhu (1969)-, Dagón (1926), un breve cuento, de apenas una decena de páginas, marca un antes y un después en la producción literaria de H. P. Lovecraft, tanto en lo temático como en lo estilístico. A partir de la publicación de este relato, al que le corresponde el honor de iniciar los Mitos, el escritor de Providence dejó de lado un primer perido "dunsaniano" centrado en la descripción romántica de lo onírico y lo poético para adentrarse en una escritura más oscura, un nuevo tipo de terror "cósmico" que dejaba atrás los viejos miedos de la tradición gótica para crear una un nuevo panteón de horrores ancestrales provenientes de tiempos y lugares ya "olvidados por el hombre".

El giro que tomo la obra de Lovecraft, proyectándose hacia un nuevo tipo de terror: el horror cósmico, tendrá ahora como principal elemento de inspiración la obra de Arthur Machen, poblada de cultos a figuras de la tradición clásica, como en El gran Dios Pan (1894), auténtico precursor de los Mitos, tal y como reconoció el propio Lovecraft en su célebre ensayo El horror sobrenatural en la literatura (1927).

Las lecturas de obras como las de Arthur Machen,  abren en Lovecraft un nuevo abismo narrativo en el que volcar sus vértigos literarios, siendo fundamentales en la génesis de su producción más lograda gracias a haber añadido buena parte del imaginario de Machen en forma de elementos  arqueológicos y arquitectónicos que anuncian antiguas y ya olvidadas civilizaciones, cultos esotéricos, reminiscencias de la tradición clásica griega y romana  y, sobre todo, la utilización de un lugar reconocible en el que permanecen latentes terribles horrores del pasado, como fue la inquietante Nueva Inglaterra que servía de escenario en muchas de las historias que Lovecraft creó, al igual que hizo Machen incluyendo en su bibliografía a su Londres y Gales contemporáneo; como muestra de reconocimiento y gratitud a la influencia recibida por parte de Arthur Machen, Lovecraft tomó prestado para sus creaciones algunos nombres y dioses creados por Machen, además de servirse de la línea argumental de El gran Dios Pan en su obra El Horror de Dunwich (1929). Buena muestra de este cambio de paradigma en Lovecraft lo podemos encontrar en Dagón, con extrañas estructuras en las que se pueden apreciar escrituras más antiguas que la propia humanidad junto a imágenes de seres de pesadilla; aunque si bien los estudiosos de la obra de Lovecraft marcan como punto de partida de los Mitos el relato que nos ocupa, cinco años antes, ya escribió un relato en el que se prefiguraba lo que sería tiempo después el inicio de los Mitos. Sería en La ciudad sin nombre (1916) donde Lovecraft dejaría entrever lo que sería su gran creación; el punto diferencial para determinar Dagón como inicio de los Mitos y no La ciudad sin nombre radica en las propias experiencias personales de Lovecraft, marcado por la separación de su mujer, Sonia, en 1926, su regreso a Providence y la experiencia de haber conocido la miseria  de los barrios más depauperados de Nueva York durante su estancia en la Gran Manzana.

Pero no sería sólo la experiencia personal lo que marcaría un giro determinante en su obra. Junto a las aportaciones estilísticas de Dunsany y de Machen, recibió, como la mayoría de los escritores de su época, la influencia del Simbolismo, un movimiento que englobaba distintas disciplinas del arte a la que no escapó la literatura, siendo uno de sus principales impulsores Edgar Allan Poe, al aportar buena parte de imágenes y figuras literarias que aúnan el ideal romántico con la estética simbolista que busca descifrar el mundo mostrando a los no iniciados (los que no son poetas) las correspondencias de la realidad con los objetos sensibles para capturar las realidades más absolutas; el máximo exponente de ese lado oscuro del Romanticismo que era el Simbolismo lo encontramos, no sólo en la mitología que creó, sino en los libros prohibidos que creó, como por ejemplo el Necronomicón, accesibles tan sólo a los iniciados capaces de comunicarse con extrañas y metafísicas entidades que subyacen en nuestro subconsciente. Lovecraft mostraba en sus escritos todos estos mundos ocultos, en su mayor parte pertenecientes a horrores que habitaron el mundo mucho antes que el hombre y que permanecen en la sombra esperando el momento para volver y acabar con la humanidad, como podemos ver en Dagón y en otro de sus relatos más célebres: La llamada de Cthulhu (1926), en la que recupera los horrores surgidos del fondo del mar y a un personaje central que está condenado a morir por lo que ha visto y por lo que sabe. Todo el horror que produce la visión de los seres primigenios que antecedieron a la humanidad se muestra en el inicio de Dagón.

El relato comienza con un elemento de prolepsis que adelanta elementos de la trama, como en este caso es la muerte del protagonista, víctima de un horror vivido recientemente cuyo recuerdo le atormenta hasta el punto de tomar la decisión de quitarse la vida. " Escrito esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo". De esta manera, Lovecraft consigue trasmitir al lector la angustia y el terror que siente el personaje, así como la incertidumbre por saber que es lo que la provoca. El deseo de morir del protagonista, un oficial de marina mercante adicto a la morfina, único tripulante que ha podido escapar en un bote tras ser capturado el barco en el que viajaba por los alemanes, en una de tantas escaramuzas marítimas que ocurrieron durante la Gran Guerra. Después de pasar varios días a la deriva en alta mar, agotado y hambriento, el marino se había dormido, encontrandose  al despertar en medio de un lugar lleno de fango, como si durante la noche un seismo submarino hubiera hecho que emergiera el fondo del océano. A su alrededor se extendía un paisaje repleto de peces muertos y vegetación marina en pleno proceso de descomposición, de los que se desprendía un olor nauseabundo. Tuvieron que pasar tres días para que el lodazal en que se había convertido el suelo sobre el que estaba posado el bote salvavidas tuviera la consistencia suficiente para soportar el peso de un hombre sin que éste se hundiera hasta la cintura.

El marino, consciente de que necesitaba encontrar agua potable y alimento, aprovechó la situación para explorar los alrededores; de esta manera, bajo la pálida luz de una extraña luna de "apariencia gibosa", descubrió en una oscura hondonada una gigantesca piedra cubierta de desconocidas inscripciones que se asemejaban a seres marinos junto a otros seres de pesadilla, desconocidos por el hombre, en los que destacaban sus manos y pies palmeados con una cabeza semejante a la que tienen algunos batracios. Cuando todavía no estaba recuperado de esta visión de pesadillo, de las oscuras aguas que se mantenían próximas al extraño monolito surgió un ser de pesadilla que provocó la locura del marinero; el horrible ser se dirigió a la extraña piedra. Ante tal visión huyó rápidamente del lugar, despertando en la cama de un hospital, sin saber el tiempo que llevab allí ni como había llegado. El final, ya avanzado desde la primera línea, terminaría con la locura del pobre marino que no lograba recuperarse de la visión de lo que creía el mítico Dios-Pez Dagón.

Fruto de la imaginación de Lovecraft,  fue surgiendo una peculiar teogonía de la que Dagón, representado como un gigantesco y terrorífico ser anfibio, es una de las principales deidades del panteón de los Primigenios, parte fundamental de su propia cosmogonía. Dagón, en el panteón creado por Lovecraft, es uno de los dioses a los que adoran los "profundos", unos seres anfibios más antiguos de la humanidad que tienen su morada en las zonas abisales marinas. En este relato, Dagón no aparece como un elemento de culto, sino como un ser que adora a una entidad superior representada en un enorme tótem realizado en piedra negra en el que hay inscritos extraños símbolos arcanos.

Pero a pesar de que se puede adjudicar a Lovecraft la autoria de la creación de los Mitos, él nunca tuvo la intención de sistematizarlos, tan sólo fueron un lugar común en la que se inspiraron una pléyade de autores y amigos del genio de Providence que más tarde serían conocidos como el Círculo de Lovecraft,  entre los que se encuentran plumas tan destacadas como la de Robert E. Howard, autor entre otros relatos de horror sobrenatural de Almuric (1939), Canaan negro (1936) o La piedra negra (1931); Clark Ashton Smith autor de relatos como  Estirpe de la Cripta (1932), Frank Belknap Long y Los perros de Tíndalos (1929), Henry Kuttner y su célebre relato Las ratas del cementerio (1936) o su novela La criatura de allende el infinito (1940) Catherine L. Moore con Northwest Smith (1933-1938) o  Robert Bloch con Vampiro Estelar (1935), la mayoría de ellos incluidos en la anteriormente mencionada recopilación Los Mitos de Cthulhu realizada por Rafel Llopis. En realidad es a August Derleht, gran amigo de Lovecraft, además de escritor (de dudosa calidad) y miembro del Círculo de Lovecraft, a quien corresponde el mérito de haber sistematizado los Mitos, presentándolos como la eterna lucha entre el bien y el mal, representados aquí como Dioses Primordiales y Dioses Arquetípicos, estos últimos creación suya, por lo que la categorización que hace de las deidades es una clasificación realizada desde dentro, desde sus propios relatos. Desde fuera de los Mitos, sería Lin Carter, autor, editor y crítico especializado en ciencia ficción y fantasía, en especial en la obra de Lovecraft y el Círculo de Lovecraft, quien realizaría esta labor de recopilación y codificación de los Mitos, vinculándolos a un género literario propio que tiene como referencia la cronología que cuenta la historia de "las numerosas razas que han poblado, que pueblan y que pueden poblar la Tierra".

Así pues, podemos determinar que el propio Lovecraft fue descubriendo los Mitos de manera pausada, casi sin proponérselo; surgiendo gracias a la utilización de seres y razas utilizadas en relatos anteriores que ya resultaban conocidas a sus lectores y amigos, cómplices suyos en la creación de esta mitología de lo sobrenatural que fueron pergeñando poco a poco, cuyo inicio se puede señalar a partir de Dagón, pese a lo breve del relato en cuanto a su extensión. Y no sería esta génesis de los Mitos algo que irrumpiese con fuerza en la vida de Lovecraft si nos atenemos al dato que nos indica que tendrían que pasar cinco años hasta la publicación de La sombra sobre Innsmouth (1931), una de sus mejores creaciones, en la que retomaría la figura de Dagón, a la que le añadiría la Orden Esotérica de Dagón, una peculiar secta constituida por híbridos de humanos y "profundos" que practican extrañas ceremonias de adoración al malvado dios marino.Por lo tanto, podemos determinar que los Mitos no son una creación individual de Lovecraft, sino una obra coral que surge de la amistad y de la admiración mutua de un puñado de entusiastas escritores que forjaron con su talento e imaginación algunas de las más logradas páginas del pulp norteamericanno.

jueves, octubre 18, 2012

ROBERT A. HEINLEIN - Cadete del espacio



Cadete del espacio (1948) es la segunda en orden de aparición de la serie de doce novelas juveniles escritas por Robert A. Heinlein entre 1947 y 1958. En ella se mantienen las mismas características fundamentales de toda la serie, aunque es algo más compleja que su predecesora, Rocket Ship Galileo (1947) en cuanto al trasfondo de los temas tratados. Las singularidades propias de este tipo de novelas las definió Jack Williamson en su momento como "fáciles de leer, presentando una serie de temas familiares en el entorno del propio Heinlein, siendo la trama algo trivial y los personajes estereotipos bastante simples". No le falta razón a Williamson en su análisis "crítico" de ese subgénero dentro de la propia bibliografía de Heinlein; no podemos obviar que son un producto poco elaborado si los comparamos con otras novelas que aparecieron en esa época, pero hay que tener en cuenta que se trataba de una serie de trabajos concebidos bajo encargo, en los que debía cumplir con unas premisas marcadas de antemano, con el fin de acercar la ciencia en general y la carrera por la conquista del espacio a las jóvenes generaciones de americanos nacidos en un momento histórico de plena confrontación con el bloque soviético. Con el fin de atender los postulados sugeridos por la editorial y al mismo tiempo atrapar la atención de los jóvenes lectores, Heinlein afrontaba la narración con la intención de unir sin fisuras dos propuestas en el texto: una parte la lúdica, que busca que el lector pase un buen rato leyendo una serie de aventuras que tienen como protagonista un joven adolescente en pleno proceso de madurez, mientras que por otra parte cumple con la intención didáctica de mostrar la ciencia como algo asequible y “divertido”, ilustrando al mismo tiempo al lector sobre diversos elementos de física y matemáticas aplicados a las múltiples dificultades que entrañaría la navegación espacial y a la supervivencia en gravedad 0, eso sí, entretejiendo tan sutilmente el detalle científico con trama y acción que el lector no se siente abrumado por un exceso de datos técnicos. 

Los más críticos con el maestro Heinlein añadirían a estas dos características (lúdica y didáctica) una tercera: la de proclama ultraderechista. A los escritos del mestro Heinlein siempre les ha perseguido la fama de estar impregnados de lo que muchos consideran apología del militarismo y un aprecio desmedido por el individualismo y la libre determinación llevada a su máximo exponente; todo ello con el fin de formar a los jóvenes americanos en los valores de la ciudadanía y la responsabilidad, desarrollando su carácter y autosuficiencia al mismo tiempo que se integran en la sociedad mediante diversas actividades de superación personal y convivencia con otros chicos de su edad. Y no van descaminados del todo si nos atenemos al duro trasfondo que se adivina en la sociedad que dibuja Heinlein para esta novela. Cadete del espacio es mucho más que un relato de aventuras   para adolescentes. Junto a una primera capa de "irrelevante e insustancial" divertimento que surge de las peripecias de un grupo de muchachos formándose para recorrer el Sistema Solar a bordo de modernas naves espaciales, tenemos una descarnada crítica contra una sociedad capaz de crear protocolos de actuación que incluyen el genocidio de buena parte de la población; es el Heinlein en estado puro que se rebela contra el poder omnímodo de los gobiernos y que ensalza la voluntad individual de aquellos que se enfrentan contra la autoridad impuesta. El final del periodo de formación y aprendizaje de los protagonistas de las novelas juveniles de Heinlein, se manifiesta con la toma de conciencia mediante un proceso de reflexión interior que forjará sus valores más preciados y los pondrá al servicio del oscuro gobierno que rige los destinos de la humanidad.


A pesar de los muchos detractores de las mismas, las novelas juveniles de Heinlein,  por modestas que puedan parecer, rebosan de saber narrativo, de sólidos y bien aplicados conocimientos científicos y, como no podía ser de otro modo, de los valores éticos y morales que Heinlein asociaba con el pueblo norteamericano: valor, sacrificio, tenacidad y lealtad entre otros. Unos valores con los que se identificaban las nuevas generaciones de lectores adolescentes al encontrarlos en los personajes que protagonizaban las novelas de Heinlein, como por ejemplo el joven Matt Dodson, protagonista de Cadete del espacio, que se une a la Patrulla Espacial para ayudar a preservar la paz en el Sistema Solar. Seguiremos al joven Dodson desde que sale de su tierra natal en Iowa (EEUU) para ingresar en la Academia Militar en la que debe recibir como cadete la formación necesaria para poder tripular una de las majestuosas naves espaciales que surcan el espacio, madurando con cada decisión que debe tomar hasta convertirse en un miembro válido de la sociedad, todo ello mientras él y sus amigos corre emocionantes aventuras repletas de acción, como la búsqueda de la nave Pathfinder, perdida en el Cinturón de asteroides, teniendo su punto culminante en el viaje final a Venus para investigar un extraño incidente. Aunque el final de la novela es un tanto confuso y desigual si lo comparamos con el resto de la narración. Esto es debido a que Heinlein cambió el final  al entender que el que había proyectado en primer lugar no funcionaba; la sensación de "falta de encaje" con el resto de la narración es parecido al que se percibe en Hija de Marte (1962), novela en la que también se vio obligado a cambiar el final, aunque en esta ocasión por imposición editorial.

Alexei Panshin, autor de la premiada Rito de iniciación (1968), señaló en Heinlein in dimensión (1968) -ensayo que profundizaba en la obra de Heinlein- como Cadete del espacio se puede entender, sobre todo, como una extrapolación de la propia formación del escritor durante su etapa como cadete en la Academia Naval de Estados Unidos. El remanente biográfico que se percibe en la novela se convierte por derecho propio en lo que muchos llamarían una exacerbada glorificación a las Fuerzas Armadas, y no sin falta de razón, ya que sí podemos clasificar de texto militarista a Tropas del Espacio (1959), Cadete del espacio no le va a la zaga. La glorificación a los caídos en acto de servicio que se hace en diversos pasajes de la novela, junto a la intención del protagonista de dejarlo todo para unirse a los Marines, los auténticos héroes por su "lealtad,  valentía y búsqueda de gloria". Pero no todo es moralmente criticable en Heinlein, por ejemplo en esta novela incluye elementos de integración racial (un decenio antes del auge de los Movimientos por los Derechos Civiles en Estados Unidos) entre los componentes de la Patrulla Espacial, constituida por jóvenes provenientes de las diversas colonias que se habían desarrollado en el Sistema Solar (en literatura pulp los héroes suelen ser WASP). Entre el grupo de chicos protagonistas, además de Matt Dodson, hay otro chico ce Texas, uno procedente de Venus y otro de la lejana luna de Ganímedes, todos ellos integrados en una organización dedicada a mantener la paz que funciona como un ente supranacional que ostenta el monopolio de las armas nucleares como elemento de disuasión para "imponer" esa paz.

Para conseguir que el poder que atesora la Patrulla Espacial sea eficaz, los jóvenes cadetes deben poner en un segundo plano la lealtad a sus respectivos países y a sus especies, teniendo la obligación de bombardearlos si fuera preciso. Esta posibilidad, que ya se había producido en el pasado, hace dudar al joven e idealista Matt Dodson sobre su pertenencia a la Patrulla Espacial, siente que no sería capaz de bombardear a sus compatriotas, por lo que debería dejar la Patrulla y abandonar sus sueños de pilotar una nave para ingresar en los Marines a los que contempla como una organización con unos ideales más "nobles". El desencanto con lo que el había creído que era y representaba la Patrulla Espacial aumenta cuando su padre le pone al corriente de la farsa que es en realidad esa organización, controlada y dirigida por la Federación de América del Norte para servir a sus intereses económicos, políticos y comerciales.


Heinlein desarrolla la mayoría de sus novelas juveniles en un escenario común, por lo que su relación entre ellas va más allá de apreciaciones temáticas. El Sistema Solar por el que se mueven los personajes de este tipo de novelas incluye colonias con aspiraciones de independencia en un Marte árido y rocoso poblado por terrestres y aborígenes marcianos pertenecientes a una antigua raza, como pudimos ver en Rebelión en el espacio (1949) o Hija de Marte , esta última también muestra a un planeta Venus pantanoso y con altas temperaturas, habitado por seres aparentemente subdesarrollados en cuanto a su inteligencia se refiere, mientras que en Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, se desarrolla El granjero de las estrellas (1953), en un marco social marcado por una crisis malthusiano que afecta tanto a los habitantes del planeta Tierra, como a las múltiples colonias que han proliferado por el Sistema Solar.  Con esto consigue dar una sensación de continuidad en la serie, sin tener que recurrir a conservar un personaje como hilo conductor para unir las diferentes entregas, un elemento más que confirma la capacidad de buen narrador que atesoraba Heinlein, a pesar de sus pequeñas "manías" fascistoides. Y es que pese a que el paso del tiempo ha mermado en parte la fuerza y la emoción que con toda seguridad estas entretenidas novelas para adolescentes trasmitía a sus imberbes destinatarios, todavía se puede percibir en cada nueva relectura cómo la maestría narrativa del maestro Heinlein sigue atrapando al lector desde las primeras páginas, algo difícil de encontrar en otras creaciones literarias de su misma época.  

viernes, septiembre 28, 2012

CATHERINE L. MOORE - Northwest Smith

El hombre ya había conquistado antes el espacio. Podéis estar seguros de ello. En algún lugar, antes de los egipcios, en esa oscuridad de donde surgen los ecos de nombres semi-míticos — la Atlántida, Mu , en algún tiempo anterior a los primeros balbuceos de la Historia tuvo que existir una era en que la humanidad. […] Hay demasiados mitos y leyendas para que lo pongamos en duda”. Con estas palabras inicia Catherine L. Moore Shambleau, uno de los doce cuentos escritos en el periodo 1934-1938 para la revista Weird Tales. El protagonista que da nombre a la recopilación es Northwest Smith, arquetipo del aventurero del espacio que tanto se ha explotado en las buenas (y malas) novelas de la Edad Dorada de la Ciencia Ficción, además de ser considerado el embrión del que más tarde George Lucas extraería a Han Solo, uno de los personajes más emblemáticos de la mítica Star Wars . La propia C. L. Moore explicaba el proceso de "alumbramiento" del personaje, pensado en un primer momento como un rudo vaquero que tendría su hábitat natural en un "Oeste muy, muy salvaje". Así habría sido, pero un buen día se cruzó en la vida de la autora un ejemplar de la revista Amazing Stories, "en cuya portada aparecían hombres de seis brazos empeñados en una lucha a muerte"; en esos momentos, según cuenta la propia Moore, un nuevo campo de la literatura se abrió ante su mirada llena de admiración, y el impulso que la llevó a imitar esas historias fue irresistible.

Tras la epifanía que llevó a C. L. Moore al lado oscuro, es decir, al  género fantástico, tomaría como guías para componer sus propias narraciones el estilo y argumento de sus escritores favoritos. De esta manera, en el párrafo inicial de Shambleau ya se dejan entrever los caminos por los que iban a transitar las andanzas de Northwest Smith, privilegiado habitante de un universo en el que tomaban cuerpo las más delirantes y terroríficas criaturas que Lovecraft podía haber imaginado y que su buena amiga Catherine haría suyas. Y es que uno de los grandes atractivos que presenta esta recopilación de relatos son los "horribles y depravados engendros" a medio camino entre dioses todopoderosos y sanguinarios monstruos surgidos de lo más profundo del infierno; seres que fueron integrados en el imaginario de muchas culturas como mitos que remitían a un terror ancestral de los que ya se habían perdido en el olvido su génesis y su razón de ser , ni el de las razas más antiguas que la propia humanidad que adoraba a estas deidades y que todavía sobrevivían en recónditos paisajes del Sistema Solar, habitando las desoladas ruinas de ciudades cuyos nombres hace eones que se han olvidado para la mayoría de los mortales, perdurando para unos pocos en forma de leyendas que avisaban del horror que se ocultaba entre sus muros, ya estuvieran estas entre la asfixiante vegetación de las selvas de Venus o en los áridos y polvorientas llanuras de Marte.

Con estos antecedentes no es difícil discernir que C. L. Moore pertenece por derecho propio al llamado Círculo de Lovecraft; un grupo de escritores pulp que tenían como principal referencia los mitos creados por el escritor de Providende, con el que además de gustos literarios, Moore compartía una estrecha amistad que empezó gracias a la mutua admiración que sentían el uno por el trabajo del otro y que cultivaron de manera epistolar durante años. Además de Lovecraft y Moore, entre este grupo de escritores se incluían nombres tan conocidos como Robert E. Howard, creador de Conan, icono de la Sword & Sorcery o de historias más al uso como Almuric; Frank Bernald Long, Arthur Machen, Abraham Merritt y Henry Kuttner, con quien se casaría Moore y al que ofrecería su saber y buen gusto literario quedando ella en un discreto segundo plano, totalmente inmerecido por la gran calidad de sus escritos.

La recopilación de los cuentos de Northwest Smith fue editada por la mítica colección Ultima Thule  (Anaya, 1992-1996) bajo la batuta de Javier Martín Lalanda, quien además de traducir la totalidad de los relatos que componen la recopilación, escribió el prólogo de la misma, en el que de una manera clara, concisa y amena nos adentra en la vida y obra de Catherine L. Moore.  Y para que la información sobre esta autora sea completa, en Jirel De Joiry (1934-1939), otra excelente recopilación de relatos de C. L. Moore también traducida y editada por Martín Lalanda en la misma colección, en la parte final, incluye un interesante apunte autobiográfico a modo de posfacio en el que la autora nos cuenta cómo se inició en el mundo narrativo, apuntando la devoción que sentía por los escritos de Lovecraft y Robert E. Howard, de su educación a base de "una dieta a base de mitología griega y de los libros escritos por Edgar Rice Burroughs". Unas referencias que aparecen claramente en Northwest Smith.

Los relatos protagonizados por Northwest Smith tienen una estructura y argumento muy similar. Los puntos comunes en todos ellos son, en primer lugar, el encuentro inicial con una mujer de portentosa y exótica belleza que incitará a Smith a emprender una peligrosa aventura en la pondrá en juego algo más que su vida; otro de los elementos recurrentes es el paso a otras dimensiones o mundos lejanos gracias a puertas u objetos de gran poder capaces de trasportar a nuestro héroe a lugares dominados por antiguas y malévolas razas arcanas, en los que habitan seres de horrible presencia y de gran poder cuyo origen se pierde en "la noche de los tiempos", como por ejemplo en el relato La ninfa de la oscuridad (1935) donde Nyusa, la bella joven con la que se encuentra Northwest, tiene la facultad de abrir las puertas a una dimensión de la oscuridad en la que habita su padre, el mismo  Dios de la Oscuridad, adorado por extraños seres de una antigua y maligna raza. La mayoría de estos seres o razas no humanas practican algún tipo de vampirismo respecto al hombre, como por ejemplo el clásico de tipo hematófago que aparece en Julhi (1935), en el que la bella Apri, sirve de puente con otro mundo desde el que llegan seres que se alimentan de sangre. Con un guión idéntico al descrito anteriormente se desarrolla El Frío Dios Gris (1935), un cuento que trascurre en la ciudad marciana de Righa, lugar en el que Northwest es abordado por Judai de Venus, una joven de gran belleza que lo empujará a una nueva aventura en la que gracias a una extraña caja adornada con unos extraños signos capaz de abrir la puerta a la dimensión que habita el Dios Gris, una malvada y antigua deidad marciana.

Entre los distintos tipos de vampirismo, el que mejor desarrollado está es el de la absorción de sueños y energía vital que practica un  ser emparentado con la mítica Medusa de la mitología griega al que los nativos marcianos llaman Shambleau, y del que Northwest cae preso de sus encantos; sin duda Shambleau (1933) es el más logrado y conocido de los cuentos que integran esta recopilación, integrando en la "mujer-vampiro" todas las particularidades propias de los personajes femeninos que persiguen y comprometen la integridad física de Smith, y que se caracterizan por la mezcla de exotismo sensualidad de unas mujeres que atesoran una belleza casi irreal, llenas de un misterio que parece ocultar el halo de pecado y peligro que las hace irresistiblemente seductoras, atrayentes y fatales; unas mujeres cuyo epítome físico nos lo dejó el pintor simbolista Franz Von Stunz en su obra  El pecado (1895), en el que hace una acertada representación de la femme fatale llevada hasta sus últimas consecuencias.

En contraposición a la sutileza parasitaria de Shambleau, el más prosaico de estos vampirismos es el que aparece en El árbol de la vida (1936), en el que nuestro héroe se las verá con Thag, un ser con forma de árbol que, al igual que las sirenas con las que se tuvo que enfrentar Ulises en la Odisea, hipnotiza y somete a los hombres para devorarlos y alimentarse de su carne. Pero si tengo que elegir entre uno de los cuentos que Moore dedica a las distintas formas de vampirismo, sin duda me quedo con el relato Sed Negra (1934), que empieza con el preceptivo argumento estandarizado en el que Northwest encuentra a una mujer de singular atractivo que lo conduce a enfrentarse con antiguos dioses de un panteón ya olvidado; a partir de aquí, la historia va profundizando en una forma de vampirismo en la que el fluido vital que sirve de alimento es la propia belleza física de la mujer; el ser que se alimenta de esta extraña energía que genera la belleza lleva siglos "criando" las mujeres más hermosas del universo en un siniestro castillo en el que guarda para su contemplación, disfrute y alimento a féminas poseedoras de una belleza que haría enloquecer a cualquier hombre que las contemple apenas unos segundos.

Como vemos los cuentos de Catherine L. Moore no destacan por la pluralidad en sus planteamientos. Su principal virtud está en su cuidado lenguaje, necesario para construir el barroquismo de los escenarios en los que se mueve Northwest Smith, y la catarata de sensaciones y sentimientos que surgen ante la contemplación de seres "alejados de la comprensión humana, venidos de más allá del tiempo y del espacio". El buen trato literario que ofreció a los relatos que publicó en una modesta revista de corte fantástico, convierte a Moore en una rareza dentro del panorama de los relatos pulp, concebidos estos como una forma de entretenimiento fácil de digerir por un lector que buscaba diversión sin complejidades estilísticas ni argumentales. No obstante, Moore, escritora de formación autodidacta en un primer momento, al profundizar en su vocación literaria no dudo en formarse académicamente en la universidad de Illinois, llegando a realizar un doctorado en literatura inglesa, recopilando en este proceso de aprendizaje las herramientas necesarias para convertir su obra en una prolongación de las obras románticas y simbolistas del siglo XIX. Y es que en Moore, al igual que en Lovecraft, Lord Dunsany y tantos otros pre-frikis del momento, buscaban en sus escritos recrear un mundo en el que tuvieran cabida un tipo de estética con la que ellos se sentían identificados y comprometidos.

Ateniéndonos a todo esto, no podemos pensar que Moore tan sólo se limitó a escribir una serie de historias más o menos terroríficas, sino que en ellas, por modestas que puedan ser, se pueden encontrar reminiscencias de todas y cada una de las características fundamentales del Simbolismo; un movimiento que surgió como una reacción literaria en contra del Naturalismo y el Realismo decimonónico y de sus preceptos anti-idealistas que relegaban al olvido la espiritualidad, la imaginación y los sueños, es decir, todo aquellos que reivindica la literatura de género. En su obra, Moore busca vestir las ideas, por repetitivas que estas puedan parecer, de intenciones metafísicas mediante el uso del lenguaje como el instrumento que enlazará "las secretas afinidades entre el mundo sensible y el mundo espiritual", expresadadas mediante las múltiples puertas dimensionales que llevan a otras realidades en forma de mundos oníricos o de pesadilla. Para lograr esta unión entre lo real y lo imposible, Moore utiliza mecanismos estéticos como la sinestesia, consistente en mezclar varios sentidos en la descripción de los entornos bizarros que explora con su prosa: sus personajes oyen los colores, pueden ver los sonidos o, yendo un poco más allá, son capaces de percibir el sabor de un ser u objeto con tan sólo tocarlo. Buena  muestra de este trabajo sensorial con las palabras lo tenemos en El color que cayó del espacio (1927), uno de los mejores relatos del otro célebre escritor simbolista, H. P. Lovecraft.

Fiel a esta conjunción de elementos sacados de la tradición literaria romántica y a la influencia de las revistas pulp, Moore desarrolló un estilo metafórico en el que integra los diferentes vehículos de trasmisión del conocimiento en forma de anomalías que alteran la conciencia, ya sea mediante sueños que adquieren tintes surrealistas (Shambleau, El sueño escarlata) o por medio de la acción de un narcótico, ingerido éste en forma de alcohol o drogas, para inducir diversos estados alterados de conciencia. Un tipo de recurso que ella emplea, al igual que el resto de escritores simbolistas, en su primordiar afán de descifrar el mundo, al entender que éste oculta una realidad que tan sólo ellos pueden ver, actuando como un tipo de médium que pueda traducir al común de los mortales aquello que está más allá de su vista y comprensión, en este caso un pasado prehumano que todavía mantiene lazos con el presente. Los procedimientos técnicos que emplea Moore para alcanzar esta meta se fundamenten en la representación de una realidad mostrada de forma disgregada e inaprensible en la mayoría de casos. Esta pérdida de la realidad convierte el mundo en el que la autora mueve sus personajes en un caos construido gracias a la ficción metafórica propia de la modernidad, en la que el texto sustituye la realidad empírica, colocando situaciones y personajes "destextualizados" (los propios de la tradición homérica que aparecen en relatos como Shambleau o Yvala) para que el lector tenga claro que son inventados; dentro de todos estos elementos narrativos con los que juega la autora, hay que incluir las múltiples metáforas estructurales que recurren a saltos temporales, ya comentados anteriormente, y cambios en los personajes  por medio de proyecciones a otras dimensiones o realidades habitadas por seres de una naturaleza incomprensible (Sueño escarlata, Julhi, La ninfa de la oscuridad), con los que se multiplica el sentimiento de realidad fragmentada.

Moore siempre me ha parecido una de las plumas más brillantes de todo el grupo que se originó alrededor o a la sombra de H. P. Lovecraft. Lamentablemente, el papel secundario que le toco ejercer tras su matrimonio con Henry Kuttner nos habrá privado de un buen número de relatos y novelas de gran calidad. No obstante, gracias a la labor de recuperación de clásicos del pulp americano que vienen realizando dos meritorias editoriales como La Biblioteca del Laberinto y Los libros de Barsoom, en las últimas fechas han salido a la venta El mundo sombrio (1946) y La criatura de allende del infinito y otros relatos lovecraftianos, en las que, a pesar de estar firmadas por Henry Kuttner, se puede apreciar con claridad la mano de Catherine entre sus páginas. Sin duda dos obras de lectura imprescindible.

viernes, septiembre 21, 2012

ERIC FRANK RUSSELL - Barrera siniestra

El británico Eric Frank Russell se estrenó en el mundillo literario con Barrera Siniestra (1939). La novela está construida sobre una buena idea, a lo que hay que sumar que Russell tenía un saber hacer literario muy por encima de la media si lo comparamos con el resto de escritores semiprofesionales que se fogueaban en los pulp americanos. Pese a todas estas bondades, con la visión de un lector actual la historia que nos cuenta nos parece mejorable en cuanto a la forma de abordarla, ya que como la mayoría de escritores de su generación Russell encorsetaba sus escritos en una estructura narrativa poco flexible con la que no pudo sacar todo el partido posible a la idea sobre la que se asienta Barrera Siniestra: la esclavitud del hombre a manos de una inteligencia superior de la que ni tan siquiera conocemos su existencia. Hoy día, la novela se habría escrito de otra manera; no habría habido un personaje principal sobre el que recae toda la acción sino que se habrían desarrollado mucho mejor la narración mediante varios hilos argumentales con los que no habrían quedado colgados muchos acontecimientos de interés para la resolución de la trama ante la imperiosa necesidad que sentía el autor (y las modas literarias del momento) de no apartar ni un momento la “cámara” del principal protagonista. No obstante, el resultado final no es nada desdeñable; sobre todo si tenemos en cuenta que en el momento de publicación de esta novela el género estaba prácticamente naciendo. Y es que Barrera Siniestra se publicó en el primer número de la emblemática revista Unknow, el correspondiente a marzo de 1939, elegida expresamente para este honor por el editor John W. Campbell, toda una papeleta que solventó con gran dignidad.

Uno de los puntos fuertes de la novela es la solidez en los argumentos científicos en los que se apoya la narración, reforzándola con una pátina de credibilidad de la que adolecían la mayoría de textos publicados en las revistas dedicadas a la ciencia ficción; junto a esta base científica, hay que tener en cuenta su condición de pionera a la hora de proponer la idea de que la raza humana está sometida por una oculta inteligencia extraterrestre, convirtiéndose en un referente argumental del que han bebido  la mayoría de los  grandes maestros de la ciencia ficción, como por ejemplo Robert A. Heinlein quien no duda en toma prestado parte del argumento original que puso en práctica Russell para crear su propia invasión alienígena en Amos de Títeres (1951), eso sí, previo paso por su peculiar decálogo anticomunista. En este mismo apartado de invasiones alienígenas como tapadera de una feroz crítica contra el bloque comunista en plena Guerra Fría podemos incluir La invasión de los ladrones de cuerpos (1954), escrita por Jack Finney y adaptada con gran éxito a la gran pantalla por el director John Siegel.

La génesis de la novela, según contó el propio Russell, se debe a una conversación que mantenía con varios amigos en la que se preguntaban sobre la posibilidad de vida inteligente en otros mundos y, dando un paso más allá en el tema, cuestionarse si razas más avanzadas tecnológicamente nos hayan visitado ya, a lo que uno de los participantes en el debate apuntó la posibilidad de que ya estén aquí y “nos tengan en propiedad”. El curioso individuo que formuló esta teoría que tanto impresionó a Russell no fue otro que Charles Fort, un curioso personaje que a principios del siglo XX se dedicó a coleccionar todo tipo de objetos extraños que tuvieran una cierta relación con visitantes del espacio o, simplemente, con fenómenos paranormales, llegando a crear un asociación que englobaba a muchos de los “creyentes” en este tipo de casos de difícil explicación bajo el nombre de Fortean Internacional Society, en la que estuvieron involucrados el editor John W. Campbell y el propio Eric Frank Russell.

De resultas de tan bizarro encuentro, Russell comenzó a escribir Barrera Siniestra bajo la influencia de las palabras de  Charles Fort, de resulta de lo cual la novela presenta un argumento en el que la raza humana está siendo parasitada por los Vitones, unas invisibles bolas de energía que flotan en la atmósfera, capaces de dominar la mente y el cuerpo de los hombres para que estos actúen de manera violenta, procurándoles su más preciado alimento: el dolor y la angustia humana. La presencia de estos seres sólo es visible gracias a una rara combinación de productos químicos. Pero en algún momento se produce esta extraña mezcla en algún experimento y es descubierta por un científico que lo comunica a varios colegas. La extraña muerte de estos científicos, muchos de ellos eminencias mundiales, pone en alerta a los gobiernos del mundo que creen que algo turbio se oculta tras ellas. 

El protagonista de la acción es Bill Graham, un oficial de enlace entre el gobierno de los Estados Unidos la comunidad científica. Bill es testigo de la extraña muerte de un importante científico, aparentemente un suicidio, pero al revisar los objetos personales y las dependencias del fallecido comienza a sospechar de la existencia de una obscura trama que pretende acabar con los cerebros más brillantes del mundo. A partir de aquí se precipitarán los acontecimientos de tal manera que llevarán a Bill Graham junto a Art Wohl, el policía que lo ayuda en todo momento, a adentrarse en una trama policial y científica que terminará con el enfrentamiento final con los vitones, no sin antes padecer todo tipo de penurias, incluida una guerra mundial contra el bloque asiático dominado mentalmente por los terroríficos alienígenas.

El título de la novela, Barrera Siniestra, hace referencia a las limitaciones de ser humano para percibir lo que le rodea, con lo que el universo en sí se le aparece como algo misterioso y difícil de comprender ante la barrera que representan los pobres sentido con los que percibimos el mundo; esas limitaciones son la barrera siniestra que no permite al ser humano ver cómo ha estado sometido a la voracidad de los vitones desde hace milenios, concluyendo que "si las puertas de la percepción se limpiaran cada cosa se aparecería al hombre tal y como es: infinita".

La novela se deja leer con facilidad pese a que ya tiene unos años. Entre sus páginas se percibe el buen hacer de Russell quien, como ya vimos en Tres que capturar, mantiene un buen rito narrativo con grandes dosis de imaginación e inteligencia, además de empezar a dejar lo que más tarde se consideraría su sello personal: el sentido de la crítica hacia el poder y la burocracia que representan los gobiernos y su especial predilección por los héroes individualistas, muy al estilo Heinlein, que permanecen al margen de la sociedad en un escalón superior.

En resumen, Barrera Siniestra es una novela que merece la pena ser leída por lo bien construida que está, gracias a lo cual el tiempo la ha tratado con la delicadeza necesaria para que más de setenta años después de ser escrita conserve momento de gran frescura que proporcionan una lectura más que agradable.


ROBERT A. HEINLEIN - La desagradable profesión de Jonathan Hoag

No tengo costumbre de poner título a las reseñas que voy subiendo. De haber cultivado esa sana costumbre no tendría dudas del epígrafe con el que aparecería el presente comentario; vendría a ser algo así como  Heinlein, el hombre que quiso ser Dick. Y es que cuanto más e profundizo en la obra del genial y denostado maestro Robert A. Heinlien, más arraiga en mí la idea de que no pudo desarrollar la carrera literaria que hubiera deseado y se tuvo que conformar con amoldar su talento narrativo a lo que las editoriales le imponían, encasillándolo primero como un autor para adolescentes y más tarde como adalid de los valores deterministas de una sociedad americana en constante conflicto contra los peligros del exterior. Buena muestra de los derroteros que pudo seguir la obra de Heinlein la encontramos en La desagradable profesión de Johathan Hoag (1942)  una novela corta, casi primeriza que con el paso del tiempo y comparándola con el resto de lo que sería su producción, resulta un producto totalmente atípico dentro del universo literario creado por Heinlein. La novela vio la luz por primera vez en la revista Unknown Worlds, para unos años después, en 1959, dar título a una excelente recopilación de relatos entre los que destacan "... y construyó una casa torcida" (1941) y "Todos vosotros zombis" (1959), publicada en nuestro país por Martínez Roca hace ya unos años.

Decía lo de atípica por la insólita mezcolanza de influencias literarias y parecidos razonables con otros autores que se dan cita en esta novela. En cuanto a este último apartado, se nos viene a la cabeza la innegable semblanza que mantiene con la obra de Philip K. Dick, pese a que Heinlein escribió esta historia 20 años antes de que Dick debutara como escritor. La novela de Heinlein se centra -como lo harían muchas otras narraciones surgidas en la corriente del New Wave- en la alienación del individuo sometido a los obscuros designios de autoritarios gobiernos en la sombra que, como en la vida real, funcionan como los auténticos amos del mundo; en la novela, la información nos llega al lector a través de personajes sometidos a diversos estados alterados de conciencia, incapaces la mayor parte del tiempo de distinguir entre realidad y fantasía, con lo que Heinlein nos invita a participar en un juego en el que el final lo terminaremos de escribir nosotros, los lectores, según nuestros propios impulsos y sensaciones. Teniendo en cuenta toda esta carga de profundidad inlcluida en la trama, no termina de encajar la imagen que se ha creado de Heinlien y su apología del militarismo más fascistoide con la realidad que nos explota en la cara al leer la creación del por entonces un bisoño escritor de ciencia ficción, que en plena Segunda Guerra Mundial, justo cuando los avatares de la sociedad americana estaban más próximos a la exaltación del patriotismo, se dedicaba a escribir un tipo de historias que iban en contra de lo que se demandaba. ¿Por qué no aprovechaba Heinlein los vientos favorables a sus supuestos ideales militaristas y se decantaba por presentarse como un outsider dentro del panorama de la literatura de ciencia ficción?

Pero dejemos momentáneamente las disquisiciones sobre Heinlien y sus ideales para centrarnos brevemente en los antecedentes de La desagradable profesión de Jonathan Hoag, una novela que se presenta como una acertada combinación de fantasía, misterio y surrealismo que sin duda bebe de clásicos que formaron parte del archivo textual de Robert A. Heinlein.Sin duda, la inspiración  necesaria para crear la pareja protagonista, un joven matrimonio de detectives, proviene de la prodigiosa mente criminal de Agatha Christie, en la cual se alumbraros sus célebres personajes Tommy Beresford y Prudence Cowley, protagonistas de Matrimonio de Sabuesos (1929), una recopilación de relatos en la que Tommy y Prudence se dedican a investigar de manera desenfadada los más extraños y misteriosos casos, un papel que en la novela de Heinlein desempeñan con notable acierto Ted y Cynthia Randall, los propietarios y únicos empleados de la agencia de detectives  Randall & Co,  cuyos servicios son requeridos por Jonathan Hoag para que sigan sus propios pasos y averigüen a qué se dedica profesionalmente, ya que él no  es capaz de recordar el tipo de actividades que desarrolla a lo largo del día; de esta parte de la trama surge la segunda influencia de peso que recibió Heinlein y que emparienta La desagradable profesión de Jonathan Hoag con Chesterton y su célebre novela  El club de los negocios raros (1905) en la que los hermanos Basil y Rupert Grant han de descubrir las profesiones de un grupo de personas pertenecientes a un singular club en el que para ser  admitido como socio deben haber inventado una "nueva y curiosa manera de hacer dinero", pero que también sea un tipo de trabajo que antes no existía.

Pese a lo dicho sobre lo alejado de la temática principal de la novela con los postulados habituales de Heinlein, en lo que no encontramos cambios es en su magistral manera de narrar, enriquecida si cabe por un  estilo mucho más atractivo gracias a los ágiles y alocados diálogos con los que está construido buena parte del texto. A este efecto ayuda la elección de los protagonistas: dos jóvenes desenfadados que poco tienen que ver con los arquetipos a los que recurre el maestro Heinlein para protagonizar sus novelas; también ayuda a este buen hacer en la narración los acontecimientos que se describen, los cuales necesitan una buena dosis de complicidad con el lector para transitar por los distintos pasajes de la novela, a cada cual más surrealista.

La novela en sí comienza con un misterio: ¿Qué son las extrañas manchas rojizas que Jonathan Hoag tiene bajo las uñas? El médico al que Hoag encarga analizar la sustancia que atesoran sus cuidadas uñas termina por echarlo de su consulta en cuanto comprueba el resultado de los análisis. Todo esto no es más que un mcguffin que Heinlein utiliza para rodear de una pátina de misterio y de incertidumbre la reflexión que hace el propio Hoag sobre su vida, en la que éste descubre horrorizado la total ausencia de memoria sobre su vida cotidiana: no sabe de qué trabaja ni dónde. El descubrimiento empuja a Hoag hacia una agencia de detectives de segunda fila regentada por un joven matrimonio tan falto de dinero como sobrado de ideales. Este será el inicio de una sucesión de escenas delirantes que convertirán lo que en apariencia era un caso fácil en una compleja trama en la que la pareja de detectives ve seriamente amenazada su vida. Los primeros indicios de que no estaban ante un caso convencional los encuentran cuando siguen a Hoag hasta lo que creen que es su puesto de trabajo en la empresa de tallado de piedras preciosas Detheridge & Co, situada en la planta trece de un moderno edificio de oficinas, para a continuación percatarse de que la empresa de tallado de piedras preciosas no existe, y lo que es más extraño aún, el piso trece en la que esta situada no existe en ese edificio, pasando desde la planta doce a la catorce para evitar supersticiones. A partir de aquí todo empezará a ir de mal en peor para la  pareja de investigadores que se verán  hostigados por una extraña secta de adoradores de un ser que ellos llaman el Gran Pájaro, el ser primordial que creó el universo y todos los seres que en él habitan. Estos personajes, capaces de desplazarse por los espejos, apareciendo y desapareciendo de cualquier lugar o vivienda que disponga de un espejo normal y corriente. Este extraño grupo persigue a Hoag para matarlo al entender que es la encarnación del mal y el máximo enemigo de su deidad, el Gran Pájaro. De aquí al final sabremos qué hay de verdad en todo esto y quién es en realidad Jonathan Hoag.

La desagradable profesión de Jonathan Hoag nos mostrará un Heinlein diferente al denostado militarista de ultraderecha que muchos creen que era. Y posiblemente fue así, un hombre marcado por los avatares de su tiempo al que le fue negada la posibilidad de poner negro sobre blanco otra cosa que no fuera lo que vendía en esos momentos: novelas para adolescentes proyectadas con el fin de publicitar la carrera espacial emprendida por los Estados Unidos o bien otro tipo de historias con un trasfondo más político que literario. Sobre este asunto ya comenté en la entrada que dediqué a Podkayne of Mars (1963) el enfado de Heinlein por no poder terminar la novela como él hubiera querido al tener que doblegarse a los designios de la editorial que le encargó la novela; también es sabido el sustancial recorte que sufrió Amos de Títeres (1951), pasando de un original que constaba de 96.000 palabras a un resultado final de 60.000 después de que la editorial metiera la tijera para rebajar la considerable carga sexual que había en la novela, con el evidente y comprensible enfado del maestro Heinlein.  ¿Qué quedó por el camino en todas estas divergencias con la editorial? Pues con toda seguridad buena parte de la esencia primigenia de la obra que no pudo ser recuperada hasta 1990 con la publicación de una edición ampliada (no completa) que contenía el material suprimido en la versión publicada en 1951, aunque esta versión recuperada seguía sin ser del todo fiel al original, mucho más subido de tono en cuanto al tratamiento de la sexualidad que en ella se hacia. Por ejemplo, en la edición original de Amos de títeres  los humanos poseídos por alienígenas, en cuanto descubrían la sexualidad humana se embarcaban en salvajes orgías, retransmitiéndolas en vivo por televisión, sin olvidar el recorte y modificación que sufrieron las costumbres de algunos de los personajes originales, como el agente Sam, con un comportamiento más desinhibido en cuanto a sus “relaciones” personales con las féminas. Un desenfreno que puede recordar al celebre cuento de Boris Vian El amor es ciego, incluido en la recopilación El lobo-hombre (1952) en el que una extraña niebla convertía a todo aquel que entraba en contacto con ella en ardorosos amantes que no dudaban en practicar sexo en cualquier lugar y con cualquier persona con la que se cruzaban, de la misma manera que lo hacían en el original de la obra de Heinlein. De esta manera, Heinlein intentó un acercamiento a la sexualidad en el ámbito de la ciencia ficción mucho antes de que Farmer rompiera ese tabú con su aplaudida obra Los amantes (1952), publicada un año después de Amos de Títeres.

Como podemos ver Heinlein fue Farmer antes que Farmer  en cuanto al tratamiento del sexo explicito en sus obras. Y en La desagradable profesión de Jonathan Hoag podemos ver cómo Heinlein fue Dick antes que el propio Dick. De aquí vendría la enorme admiración que Heinlein tenía por Philip K. Dick y su obra, seguramente por verse reflejado en un escritor que dejó de lado la seguridad económica que le ofrecía plegarse a los designios de las grandes editoriales para dedicarse a escribir lo que sentía, aunque esto lo condenase a poco más que la indigencia. Heinlein no vivía de espaldas a la realidad económica que atravesó durante toda su vida Dick, y fue en muchos momentos el único apoyo económico con el que éste contaba para sobrevivir, tal y como lo explica el propio Dick en el prólogo de su recopilación de cuentos El hombre dorado (1980), en el que elogiando la actitud del maestro Heinlein dice: "hace varios años, cuando yo estaba enfermo, Heinlein me ofreció su ayuda, cualquier cosa que pudiese hacer, y no nos conocíamos; me telefoneaba para animarme y ver cómo me iba. Él quería comprarme una máquina de escribir eléctrica -que Dios lo bendiga- era uno de los pocos caballeros de verdad en este mundo. [...] hace varios años, cuando yo estaba enfermo, Heinlein me ofreció su ayuda, cualquier cosa que pudiese hacer, y no nos conocíamos; me telefoneaba para animarme y ver cómo me iba. Él quería comprarme una máquina de escribir eléctrica -que Dios lo bendiga- era uno de los pocos caballeros de verdad en este mundo". No tengo dudas sobre quien fue para Heinlein su autor preferido durante la última etapa de su vida, ni de la emoción que sentiría cada vez que llegaba a sus manos uno de los cuentos escritos por Dick, muy similares a los que él hubiera escrito de haber nacido unos años más tarde, cuando el mundo era diferente.


Por último, un breve apunte sobre La desagradable profesión de Jonathan y su inminente adaptación a la pantalla grande de la mano del director Alex Proyas, quien se encuentra en pleno rodaje de una adaptación de esta obra de Heinlein que, según cuentan en algunas web dedicadas al séptimo arte, se estrenará en algún momento del 2013. Esperemos que la película esté a la altura de la novela.
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