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martes, abril 02, 2013

PHILIP JOSÉ FARMER - El Hacedor de Universos


A la hora de comentar una lectura lo hago desde la siguiente premisa: ningún escritor es ajeno a la tradición literaria del pasado y del presente. Ni tan siquiera los denostados autores de ciencia ficción. Por simple que pueda parecer una lectura cuya función primaria sea la de entretener y hacer pasar un buen rato a un lector, en muchas ocasiones me he visto sorprendido por el estilo empleado o por las influencias bajo las que se ha escrito una obra que, repito, no tiene otro propósito editorial que satisfacer a un lector que pretende pasar un buen rato con una historia ligerita en las que primen la aventura, el misterio y la acción. Me resisto a expresar mi parecer sobre una lectura como si ésta fuera parte de un ghetto narrativo en el que no entra la luz de la tradición ni la de las vanguardias narrativas. No me gusta caer en el simplismo de la endogamia dentro de la ciencia ficción; es decir, pensar que las únicas relaciones de comparación es con otras obras o autores de ciencia ficción, aunque en muchas ocasiones es así y no hay que buscar más allá, por ejemplo, y para citar a uno de los últimos “talentos” del género, tenemos el caso de John Scalzi y su constante homenaje a sus filias de adolescente, como en El visitante inesperado (2011), que no es más que una rescritura de Encuentro en Zarathustra (1962) de H. Beam Piper, o la penúltima de sus creaciones, la inédita en castellano Redshirts (2012) en la que se mueve por terrenos conocidos de Star Trek. 

¿Y a que viene todo esto? Pues a lo difícil que resulta explicar que Farmer en una novela eminentemente alimenticia, muy alejada de sus grandes aportaciones al género como en Los amantes (1952), nos deja su particular visión de la Fenomenología del espíritu de Hegel, recreando la dialéctica del amo y el esclavo de una manera simplista pero eficaz, con el fin de que esta sirva como molde en el que ir encajando los tradicionales temas recurrentes que son su seña de identidad literaria: religión, sexualidad, inmortalidad y los diversos modos de interacción entre individuos de especies diferentes. No es la primera vez que me encuentro un referente de la filosofía moderna o contemporánea imbricado en el argumento de una novela de género; ahora mismo recuerdo la sorpresa que me produjo la lectura de Regreso a Belzagor (1970) y su más que evidente analogía –por raro que parezca- con la obra de Nietzsche, sin olvidar Agente del Caos (1967), segunda novela que publicó Norman Spinrad, en la que también explora la fusión entre relato de aventuras inscrito en un contexto de ciencia ficción con elementos de corte filosófico, en concreto con la Teoría de la entropía social de Gregor Markovitz, de la que se sirve como soporte en el que incluir el elementos central de su novela: la interacción entre Orden y Caos, representados estos dos factores como facciones enfrentadas en el seno de una organización social en plena crisis.


Pero que nadie se asuste, pese a que se puede hacer una lectura hegeliana de El hacedor de universos (1965), primera entrega de la serie El mundo de los niveles (1965-1993), también se puede disfrutar como una novela de aventuras heredera de la tradición y esquema narrativo iniciado por Edgar Rice Borroughs en Una princesa de Marte (1912), es decir, como un Planetary Romance en toda regla. La saga de El mundo de los niveles  la componen un total de siete entregas, siendo las dos primeras de ellas (las únicas publicadas en castellano) la nombrada El hacedor de universos, publicada por Edhasa en su colección Nebulae (2º época) y Los pórticos de la creación (1966), aparecida en el número 16 de la extinta revista Nueva Dimensión; estas dos primeras entregas, sin ser nada del otro mundo, resultan en general bastante aceptables y amenas, sobre todo si las comparamos con el resto de la serie, que va bajando el nivel de manera alarmante, algo muy propio de Farmer que podemos apreciar en otras sagas de su invención como la famosa Mundo del Río (1971-1983). Los niveles a los que alude el nombre de la saga son mundos planos creados artificialmente por una raza de seres superiores en plena decadencia (los señores) que los utilizan para su uso y disfrute. La tecnología que desarrollaron en un pasado lejano permite a los Señores alterar las leyes de la física para crear planetas y estrellas y de conseguir la inmortalidad. El mundo que nos detalla Farmer está diseñado en forma de pirámide escalonada con cinco niveles superpuestos en los que la parte “horizontal”, el nivel en sí, está habitada por razas diferentes dependiendo del nivel. Estos niveles están separados por enormes paredes verticales a modo de acantilados de imposible ascensión debido a su altura, que oscila dependiendo del nivel entre los 30 y 100 kilómetros. Este mundo fue creado por Jadawin, el Señor que habita el nivel más alto del mundo, desde el que se encarga de gobernar de una manera cruel y caprichosa, como si de un dios griego se tratase.

Lo primero que nos muestra Farmer es a un anodino sexagenario que responde al nombre de Robert Wolff, el cual aborda los últimos años de su vida atrapado en una existencia rutinaria, con una mujer posesiva a la que se encuentra atado sin remedio. De repente, los acontecimientos toman un giro insospechado cuando el anciano, en plena búsqueda de una nueva residencia, es testigo en el sótano de una de las viviendas que la inmobiliaria con la que ha contactado le muestra de un extraño suceso: una pared se abre y muestra a un hombre vestido con un sucinto taparrabos tocando un cuerno de plata  mientras está sentado sobre una gran roca a la que pretenden subir varios seres de aspecto simiesco; el hombre, que parece conocer a Wolff, le arroja el cuerno de plata antes que el portal entre los dos mundos se cierre. Wolff, al igual que Alicia en su peculiar País de las Maravillas, se adentra en otra dimensión llegando a un mundo dominado por un todopoderoso personaje perteneciente a una estirpe de Señores en la que rejuvenece hasta volver a ser un joven lleno de fuerza y vitalidad. El mundo que encuentra ha sido creado artificialmente por el Señor que lo domina. Y a él ha traído humanos de diversas épocas de las historia, desde la antigua Grecia a la Europa Medieval. Utilizando una avanzada tecnología, el Señor consigue mediante mutaciones trasformar en híbridos mezcla de humano y de animal a muchos de sus “invitados” para que pueblen los diversos niveles de éste mundo.

Los lectores de Farmer reconocerán en este inicio el sempiterno homenaje que ofrece a los autores pulp que leía de joven, especialmente a Edgar Rice Burrough, de quien recogió un esquema argumental propio del Planetary Romance que repitió en muchas de sus creaciones literarias, como por ejemplo en las tardías El dios de piedra despierta (1970) y Dare (1965) que se ponen en marcha con un viaje instantáneo a otro mundo o universo gracias a medios más bizarros que científicos, un topoi o lugar común que define el género al que pertenece la obra desde el primer capítulo y que ha sido adoptado por escritores como Robert E. Howard en Almuric (1939) o Henry Kuttner en El mundo sombrío (1946). En esta ocasión el viaje instantáneo lo realiza el bueno de Wolff gracias al uso de las puertas a modo de “agujeros de gusano” que los Señores tienen repartidas por el universo para unir sus mundos artificiales con los “naturales” o entre los propios mundos creados por diferentes Señores. Para seguir con el guión preestablecido, el héroe de turno llega a un lugar desconocido y de gran exotismo en el que su intervención cambiará el rumbo de los acontecimientos y la suerte de sus moradores. El guión característico del Planetary Romance lo sigue Farmer al pie de la letra con la aparición de una mujer, no enteramente humana, pero de singular belleza, que cautiva al protagonista, en este caso al anciano Wolf, con las que el héroe podrá compensar las deficiencias que en cuestión de afectos había acumulado en su anterior vida, a las que podrá acceder gracias a un milagroso rejuvenecimiento y fortalecimiento de su cuerpo que va experimentando de una manera progresiva, hasta que se convierte en un hombre de enorme fortaleza, juventud y vigor.

Wolff encuentra al hombre que le arrojó el cuerno, se trata de Kickaha, un canallesco personaje decidido a terminar con la tiranía del Señor y restaurar la paz y armonía en el Mundo de los Niveles, con el que se lanza a recorrer los distintos niveles en la búsqueda de la bella Criseida secuestrada por orden del Señor. En su búsqueda se aliarán con Pogarde, mitad mujer y mitad águila, convertida en esta especie de quimera por la crueldad del Señor. Una pléyade de personajes de los más variopinto que se aliarán con el fin de ascender por los distitnos niveles, superando mil y un peligros, con el fin de llegar al último de ellos, la morada del Señor que los ha creado y con los que juega. Este ascenso hacia el Señor, forma parte de otra de las características de las obras de Farmer, la ironía aplicada a las alegorías religiosas, esta vez en forma de metáfora por  la representación simbólica que es la ascensión, como un camino hacia la iluminación mediante el ascenso hacia el creador. Aquí es donde se percibe con mayor claridad el poso hegeliano sobre el que Farmer ha edificado su peculiar Mundo de los Niveles, para lo que necesita que sus personajes se enfrenten en una lucha que tiene como finalidad última, no el vencer y destruir al oponente, sino obtener el reconocimiento de la autoconciencia rival que los aleje del estado de servidumbre, los encumbre y los introduzca en la "conciencia señorial".

Al igual que hace Hegel en su Fenomenología del espíritu, Farmer coloca como motor de evolución social en su creación literaria el impulso thymótico, es decir, la necesidad que todo hombre tiene de logar el reconocimiento del resto. Para el que guste de ahondar en este segundo plano de lectura que nos ofrece Farmer, es recomendable acercarse a los conceptos hegelianos, también tratados más recientemente por Alexandre Kojève, de "lucha por el reconocimiento", la relación "amo-esclavo" y la aplicación a estos conceptos de la distinción platónica entre las diversas almas del hombre, en especial el thymos o la que nos fuerza a satisfacer nuestras necesidades o capacidades de enorgullecernos y avergonzarnos de nosostros mismos. Las sociedades que pueblan el Mundo de los Niveles se comportan tal y como Hegel contempla la actitud del hombre en nuestra propia sociedad, en la que la violencia va unida a la evolución como principal forma de acción política (ya sea entre el propio grupo o con otros) hasta que se llega a una forma de sociedad en la que esa violencia ya no es la principal forma de acción política. Los que llegan a ese estado de evolución (en este caso los Señores) no necesitan ya de la violencia para imponerse al resto, basta con ser reconocidos por el resto que pasan a ser esclavos o dominados. Aunque como ya he dicho un poco más arriba este segundo "nivel" de lectura no es necesario realizarlo para disfrutar de la novela de Farmer como lo que es en esencia: una buena narración de aventuras, seguramente sin más pretensiones literarias que las de propiciar al autor un más que merecido rendimiento económico.
 
Pese a lo repetitivo del argumento dentro de su propia bibliografía, no podemos negar a Farmer la fecunda imaginación que muestra en El hacedor de universos, novela en la que desarrolla todo su potencial creador para crear un mundo formado por varios niveles superpuestos, siendo cada uno el reflejo de una de las épocas de la historia de la Tierra desde el mundo helénico a las grandes praderas de los Estados Unidos, pobladas éstas por fieras tribus de pieles rojas con forma de centauro que ofrecen al lector uno de los mejores pasajes de la novela; sin olvidar un nivel dedicado a la época medieval en el que las justas entre caballeros estaba a la orden del día. Y así hasta el nivel final en el que vive el Señor que ha creado este singular universo para su uso y disfrute. No podemos decir que los niveles sean de una gran originalidad, pero sí que proporcionan las herramientas necesarias para que la acción que se puede producir sea rápidamente reconocida por los lectores, con lo que no debe explicar en demasía el cómo y porqué de los hechos que ocurren y se puede dedicar casi exclusivamente a que la acción sea más dinámica.


El final tendrá sorpresa, aunque no excesivamente brillante, como el resto de la trama, que nos vendrá dada por la verdadera personalidad de Wolff, el ex-anciano protagonista con la que se abundará en el carácter hegeliano del texto. No nos pararemos ahora a debatir sobre si la obra de Farmer, después de su magnífica arrancada con Los amantes (1961) llegó hasta donde podía haber llegado, lo cierto es que la deriva que emprendió su producción literaria hacia un tipo de series a medio camino entre la ciencia ficción y la fantasía, de la que El hacedor de universos es un claro ejemplo, seguramente nos dejó huérfanos de alguna obra de peso, pero a cambio nos regaló un sinfín de aventuras y entretenimiento desenfadado con un tipo de narración muy próxima por temática y estilo a la de otros grandes de la ciencia ficción, como el maestro Jack Vance, Edgar Rice Borroughs y  Abraham Merritt entre otros. Lo que no se puede negar a Farmer es su capacidad para hilar en una narración coherente situaciones y escenas que hacen las delicias del lector.
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