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viernes, octubre 26, 2012

EDGAR RICE BURROUGHS - Una Princesa de Marte

Pocas novelas han tenido la repercusión e influencia en el género fantástico y la ciencia ficción como Una princesa de Marte (1912). El inmediato éxito convirtió la primera entrega de un total de diez que completarían la serie de Barsoom, escrita por Edgar Rice Burroughs entre 1912 y 1943. Se la puede considerar heredera de la tradición de las novelas de aventuras que más éxito tuvieron a finales del siglo XIX, surgidas de plumas tan emblemáticas como las de H. Rider Haggard, autor de Ella (1887) o Las minas del rey Salomón (1885) o el mismísimo Julio Verne con Viaje al centro de la Tierra (1864) y De la Tierra a la Luna (1865). El mérito de Burroughs consistió en reconvertir este tipo de relatos de aventuras en un subgénero dentro de la incipiente literatura de ciencia ficción, más tarde bautizado como Planetary Romance o Sword and Planet; un esquema argumental que se movía a medio camino entre la ciencia ficción (tal y como se entendía a principios del siglo XX) y la fantasía de espada y brujería. Burroughs fue, sin duda, el máximo exponente de este tipo de historias que, en sus inicios,  contaba con el beneplácito de una generación de lectores ávidos de emociones. La trama común en muchas de estas narraciones pulp consistía en encadenar una serie de episodios en los que reinaba la acción y la aventura en exóticos paisajes pertenecientes a recónditos mundos perdidos, en los que el protagonista de turno se enfrentaba a todo tipo de peligros, normalmente para rescatar a su amada de las garras del malvado de turno (un planteamiento que muchos han criticado al entender que era una extrapolación, a la vez que apología, del colonialismo y del racismo), todo ello eludiendo cualquier atisbo de rigor científico en la composición de los múltiples escenarios en los que se desarrollaban. Este es el gran éxito de Burroughs, la creación de un modelo narrativo que fue ganando poco a poco adeptos entre los lectores y escritores hasta convertirse en un subgénero dentro de la ciencia ficción.
 
 Una Princesa de Marte no se aleja de todos estos estereotipos. La novela tiene como protagonista a John Carter, un ex oficial confederado veterano de la Guerra Civil americana que es trasportado misteriosamente a Marte desde una cueva sagrada de Arizona en la que se había refugiado para despistar a un grupo de apaches que lo perseguía (el modo en el que se produce el salto a otra dimensión o planeta en el inicio de los Planetary Romance, a cada cual más descabellado, son un topoi, un lugar común prefijados como parte de un esquema que se repite en todas las novelas inspiradas en Una princesa de Marte). Al despertar se encuentra en un extraño mundo al que sus moradores, los Tharks, unos belicosos y gigantescos guerreros verdes de cuatro brazos, llaman Barsoom. La diferencia de gravedad de Marte con la Tierra proporcionan a John Carter una enorme fuerza y agilidad que lo ayuda a alcanzar una posición de privilegio en el seno de la tribu de alienígenas que lo ha "adoptado", ganándose el respeto y la admiración del jefe de la misma, Tars Tarkas. Los Tharks posteriormente capturan a Dejah Thoris, princesa de los marcianos rojos, una raza humana que habita en Marte, poseedora de una tecnología más avanzada que los salvajes Tharks (y los terrestres) que habitan una red de ciudades-estado enfrentadas entre sí desde las que controlan los canales de agua de la desértica Marte. Carter ayuda a escapar a Dejah Thoris y la lleva de regreso a su casa. A partir de aquí John Carter comienza a interferir en los asuntos políticos de Marte, sucediéndose una serie de batallas y aventuras que acabarán con Carter convertido en Príncipe de los marcianos rojos en un inevitable y empalagoso happy end momentáneo, que se verá mejorado por la serie de acontecimientos que mandará de regreso a Carter de nuevo a su casa en la Tierra, preguntándose qué ha sido de su amada Dejah Thoris y Barsoom.

Burrough no tuvo que improvisar mucho a la hora de escribir. Su principal elemento de inspiración fue su propia vida; así pues, sus vivencias y la formación académica recibida afloran de una manera viva en el argumento de Una princesa de Marte, entre cuyas páginas podemos encontrar elementos autobiográficos de la vida de Burrough que hace extensiva a su creación, John Carter, como si éste fuera un trasunto del autor. Por ejemplo, Burrough, después de trabajar dos años como vaquero en un rancho, pasó un breve periodo de instrucción en la Academia Militar de Michigan antes de ser destinado al ¡¡¡7º de Caballería!!!, llegando a luchar contra los apaches en Arizona, una experiencia vital que añade a la narración como parte de la trama que lleva a John Carter a la extraña cueva que propicia su "viaje" a Marte, haciéndose extensiva este tipo de influencia a la pátina de western fronterizo que recubre buena parte del texto. Además de estos episodios de su vida militar, Burrough recurre a las enseñanzas de su esmerada formación en la Harvard School de Chicago, en la que obtuvo grandes conocimientos de la cultura de la antigua Roma y la Grecia Clásica, aplicando a sus escritos fundamentos heredados de la tradición homérica al forjar una serie que, en esencia, no es más que una epopeya que toma elementos del nostos (relato del regreso a casa), en el que, al igual que la Odisea, el personaje principal (Ulises – John Carter) corre grandes peligros en su afán de regresar a su doble hogar, ya sea a la Tierra con sus familiares o a Marte con su amada Dejah Thoris, después de afrontar una gran prueba (la Guerra de Troya en Ulises o los conflictos en Marte en el caso de John Carter); Carter comparte elementos comunes con los dioses y héroes de la tradición clásica, siendo presentado como inmortal por Burroughs, además de poseer una serie de condiciones físicas que superan las de un humano normal, que le permiten realizar todo tipo de hazañas.

De este gusto por la literatura de tradición clásica, Burroughs extrae el esquema con el construirá Una princesa de Marte: la epopeya. En esencia las aventuras de John Carter son la narración de una serie de acciones, la mayoría dominadas por la violencia y el sentido del honor, que acabarán formando parte de la tradición y la memoria de un pueblo. Las acciones que se narran en las epopeyas, al igual que las que acontecen en las historias que se pueden catalogar como Planetary Romance, tienen que ver con guerras y viajes, incluyendo en su narración elementos fantásticos. La novela de Burroughs se desarrolla dentro de este esquema argumental, se trata de un relato de viajes por la misteriosa Barsoom sin que haya una trama definida de antemano, tan sólo la concatenación de episodios que ponen a prueba las convicciones morales de John Carter, un héroe con un sentido del honor que lo coloca, a ojos del lector, por encima de las primitivas costumbres de los habitantes de Barsoom, más habituados a las acciones de engaño y cobardía que a las de lealtad y valentía. Burroughs interpretó la tradición literaria que había conocido durante su época de formación académica logrando una exitosa conjunción entre el argumento épico con otros componentes más rudimentarios como las luchas a espada (Swashbuckler o novelas de espadachines) y una escenografía con abundantes toques de western, más próximos al lector medio norteamericano, con lo que convirtió Una princesa de Marte en un fenómeno popular, lo que llevó a que Burroughs continuara con la serie añadiendo secuela tras secuela hasta completar la docena de entregas. 

Lejos estaba el autor de imaginar semejante éxito en el momento en el que publicó esta historia en el número de febrero de 1912 de pionera revista All-Story Magazine, con el título Bajo las lunas de Marte. Con las aventuras marcianas de John Carter, consiguió popularizar y difundir el concepto de ciencia ficción y aventuras en las publicaciones pulp. De entre la pléyade de escritores que consideran a Burroughs como la causa principal a la hora de dedicarse profesionalmente a la escritura, atraídos de manera irremediable por la demoledora acción que desprendían sus escritos, destacan nombres tan míticos en la ciencia ficción como Farmer, admirador incondicional de la obra de Burroughs, en especial de la serie Tarzán (1912-1965) a la que rindió homenaje de manera directa con títulos como Lord Tyger (1970), Hador, el de la antigua Opar (1974) o Huída a Opar (1976) o inspirándose en el planteamiento argumental del Planetary Romance en buena parte de su producción "alimenticia", como en El Dios de piedra despierta (1970) y El hacedor de universos (1965). En ellas, las características de la novela son un calco de las utilizadas por Burroughs: el protagonista es “lanzado” a otro mundo o dimensión  en el que vivirá una serie de aventuras a cada cual más emocionante en un entorno de gran exotismo poblado por seres mitológicos o híbridos de animales o humanos creados por una entidad o civilización muy avanzada; otro de los ilustres "imitadores" de la obra de Burroughs fue el maestro Robert E. Howard, quien trasladó el contenido fundamental de Una princesa de Marte (luchas a espada, elementos de fantasía, encarcelamientos y monstruos de pesadilla) a su particular universo, añadiéndole un macabro toque lovecraftiano que acabaron por engendrar algunas de las más brillantes páginas del pulp americano. El máximo exponente de esta conjunción de estilos y tradiciones se puede saborear en Almuric (1939), una extraordinaria novela en la que su protagonista, Esaú Cairn, es transportado a un planeta alienígena en el que se ve obligado a luchar contra monstruos y una depravada raza de hombres murciélago.

La atracción por el modelo narrativo que con tanto tino dignificó Burroughs tuvo un largo recorrido a lo largo del siglo XX. No fue una moda pasajera que se fuera disipando al avanzar el género por otros caminos argumentales. En todo momento tuvo la  ciencia ficción eficientes artesanos que apostaron por prorrogar en el tiempo los convenios establecidos por Burroughs en la serie de Marte, incorporando nuevas aportaciones al Sword and Planet, entre ellos Leigh Brackett, quien en las décadas de 1940 y 1950 escribió clásicos como La espada de Rhiannon (1949), novela que se debe incluir dentro de una serie que rinde homenaje a John Carter de Marte remedando escenario y personaje en un sinfín de novelas cortas y relatos que publicaba regularmente en la  afamada revista Planet Stories (1939-1955). Leigh Brackett cultivo con gran maestría el legado literario de Burroughs, como demuestra tener en su currículum la autoría del guión cinematográfico de El imperio contraataca, la segunda entrega de la inmortal trilogía que cuenta en clave de ciencia ficción una típica historia pulp de espada y brujería (entiéndase aquí la brujería como la Fuerza). Por último, citaremos a otro de los deudores de los esquemas argumentales del Planetary Romance: el maestro Jack Vance. Este último agradece en sus memorias la inspiración que Burroughs le aportó, además de los buenos ratos de lectura que le proporcionó en su infancia y juventud. Fruto de esta admiración surgieron de la fecunda pluma de Jack Vance títulos tan notables como El planeta gigante (1952), o la serie El planeta de la aventura, compuesta por Los Chash (1968), Los Wankh (1969), Los Dirdir (1969) y Los Pnume (1970), verdadera obra maestra de la más tradicional ciencia ficción heredera de la Edad de Oro.

Sólo por las vocaciones que despertó, Burroughs merece un lugar de honor entre los mejores escritores de ciencia ficción del siglo XX. Aportó algo más que un puñado de títulos de mérito, de su imaginación surgieron las claves para reinterpretar la novela decimonónica de aventuras, a las que incorporó elementos argumentales de la tradición clásica en escenarios propios de la literatura popular que se publicaba en las asequibles revistas pulp de la época. Aunque hoy día el estilo  y los hechos narrados nos parezcan en desuso y al subgénero impulsado por Una princesa de Marte se le puede acusar de estático por su falta de innovación al reproducir siempre la misma historia con apenas unas leves variaciones, cualquier aficionado a la ciencia ficción debe en un momento u otro acercarse a la obra de Burroughs. Si no se conoce la tradición no se puede comprender el panorama actual de la ciencia ficción, reconvertido por intereses comerciales en una sucesión de títulos que se venden al peso (difícil encontrar novelas por debajo de las 500 páginas) y en los que buena parte del inflado texto corresponde a anodinos tecnicismos que terminan por aburrir al más paciente de los lectores. Y si un género que tiene su principal virtud en divertir y entretener se convierte en un pesado tratado de física o de ingeniería es que algo se está haciendo mal. Hacen falta más Burroughs en el mundo editorial.

miércoles, octubre 24, 2012

H. P. LOVECRAFT - En la noche de los tiempos/En el abismo del Tiempo


En la noche de los tiempos (1934), también editada en castellano con el título de La sombra fuera del tiempo (The Shadow out of Time) o En el abismo del Tiempo, es uno de los ocho “grandes textos” de los Mitos, según la división que de ellos hizo Michel Houllebeq en su célebre ensayo H. P. Lovecraft: contra el mundo, contra la vida. En sus poco más de 100 páginas (dependiendo de la edición) conjuga una serie de temas que incluyen elementos fantásticos próximos a la ciencia ficción con otros propios del género de terror, como pueden ser las posesiones “diabólicas”. Lovecraft inicia la narración en primera persona, fiel a su estilo, es decir, dirigiéndose al lector por medio del protagonista para ponerlo sobre aviso, alertándolo sobre un gran peligro que se cierne sobre la humanidad. Se trata de un topos que Lovecraft ha estandarizado en la mayoría de sus creaciones, un lugar común que se configura en las primeras líneas mediante las descripciones de un estado interno alterado, próximo a la locura, la desbordante presencia de adjetivos y la inclusión de manera brillante de una amenaza procedente de lo incomprensible para el hombre que acabará por afectarnos a todos de manera inevitable. Como muestras de este patrón literario en el que se movía con soltura el escritor de Providence, tenemos Dagón (1926) o En las montañas de la locura (1931), entre otros muchos ejemplos.

En este caso el personaje principal de la narración es Nathaniel Wingate Peaslee, profesor de la Universidad de Miskatonic, que padece en sus carnes la “invasión” en su ser de extraña y desconocida naturaleza que lo domina y anula durante cinco años. De repente, un buen día Nathaniel vuelve a recobrar el dominio de su cuerpo, aunque afectado de un proceso de amnesia que le impide recordar todo aquello que ha hecho durante todo ese tiempo, incluyendo numerosos viajes a los lugares más recónditos del mundo y el estudio de arcanos libros prohibidos.

Nathaniel recupera poco a poco su personalidad, dedicándose a tratar de demostrar mediante las tesis de Einstein como la relatividad del tiempo puede ser la culpable del extraño episodio que ha trastocado su existencia por espacio de cinco años, debemos de tener en cuenta que la realidad y la manera de percibirla, tal y como era conocida hasta ese momento cambiaba de manera imparable gracias a diversas teorías sobre el lugar del hombre en el mundo, se trata de teorías basadas en conocimientos científicos, como la teoría de la relatividad del citado Einstein, que modificaba la percepción humana del mundo al dejar de ser magnitudes absolutas el tiempo y el espacio, mostrándose todo este paradigma científico como un elemento perturbador para los intelectuales (Lovecraft se consideraba como tal) al considerar el mundo que conocían hasta ahora como algo falso, con lo que se producirá un cambio en el arte y la literatura naturalista y realista, provocando en el arte y la literatura un proceso de incertidumbre epistemológico al no tener certeza sobre la objetividad del mundo. Los escritores como Lovecraft abrazarán los preceptos del Simbolismo en sus escritos para mostrar una representación metafísica de la espiritualidad, la imaginación y los sueños mediante la utilización de un lenguaje literario que sirva al lector como instrumento cognoscitivo, es decir, como un vehículo de trasmisión del conocimiento necesario para interpretar el mundo. Lovecraft utiliza la experiencia y las secuelas sufridas por el profesor Wingate, tanto a nivel personal, es abandonado por su esposa, como emocional, comienza a tener sueños en los que descubre que durante los últimos cinco años  una extraña entidad ocupaba su cuerpo, para mostrar una serie de mundos ocultos que están más allá del tiempo y del espacio que hasta ese momento había delimitado la ciencia, unos parámetros físicos que se habían ampliado enormemente con las últimas teorías relativistas. La narración avanza apoyándose en esas teorías y, sobre todo, en lo sugestivo y atrayente del relato que nos hace partícipes de cómo el profesor Wingate, en el mismo espacio de tiempo en el que su cuerpo fue "ocupado" su mente fue trasladada al cuerpo del desconocido usurpador. 

A partir de aquí, conoceremos un lejano pasado en la Tierra, en concreto en la era Mesozoica, un momento en el que el mundo está habitado por una poderosa raza muy avanzada tecnológicamente, capaz de viajar en el tiempo a condición de intercambiar el cuerpo con un ser del momento y el lugar que quieran visitar. Durante este momento de la narración aparece lo mejor de Lovecraft, describiendo de manera precisa la majestuosa ciudad en la que se mueve el cuerpo ocupado por el profesor Wingate, los admirables jardines, la extraña flora y fauna del lugar, llegando al clímax adjetival en el momento en que hace partícipe al lector de la delirante fisonomía del ser que ocupa: “un enorme cono rugoso de unos cuatro metros de altura, con la cabeza y los demás órganos situados en el extremo de unos tentáculos retráctiles que nacen del extremo superior del cono”; con el tiempo descubre que el cuerpo que ocupa pertenece a un miembro de la raza de Yith, seres muy avanzados tanto en lo técnico como en su organización social, que Lovecraft explica como algo a medio camino entre un socialismo igualitario y la República de los sabios de Platón, ya que para ostentar un cargo público el aspirante debe pasar una serie de pruebas para constatar su capacidad y que el poder no recaiga en alguien no preparado (el clasismo de Lovecraft tiende a aflorar en cualquier momento de la narración).

Wingate, haciendo uso de las facultades que tenían los Yith para viajar por el tiempo, descubre que estos habían llegado a la Tierra hace 600 millones de años, encontrando en nuestro planeta a una raza de perversos seres procedentes de lo más recóndito del espacio con una estructura física en forma de pólipos que vivían en prodigiosas ciudades dedicados a devorar a todos los seres que encontraban; en realidad, los seres que describe Wingate son los Primigenios de En las montañas de la locura (1931), personajes centrales del panteón de oscuras deidades que terminaron por constituir la cosmogonía de los Mitos. El relato de Wingate señala la parte de los Mitos en la que los Yith encierran a los Primigenios en profundas cavernas bajo el mar, aunque esto no sirvió para anularlos, volviéndose estos más poderosos con el paso del tiempo, volviendo a surgir de las profundidades cuando los Yith se fueron de la Tierra, momento en el que los Primigenios se rebelaron contra sus creadores, los Dioses Arquetípicos. Una breve pincelada más que se debe añadir al resto de los relatos de los Mitos para poder entrever parte del cuadro que fue tejiendo Lovecraft en sus obras. Siguiendo con el relato, en el que el profesor Wingate nos hace partícipes de sus recuerdos, llegamos al final del mismo en el momento en el que es avisado del descubrimiento en el gran desierto australiano de una antiquísima cultura subterránea. Desplazado hasta la zona, comienza las excavaciones que le conducen a estrechas galerías subterráneas y oscuras salas repletas de extrañas inscripciones, sin duda se trata de la ciudad de los Yith que “visitó” con anterioridad. Pero cuando Wingate se aprestaba a recopilar las pruebas necesarias para demostrar que todo lo que había explicado con anterioridad era cierto, un horror innombrable y antiguo surge de las profundidades arrastrándolos hacia la oscuridad.

Como hemos podido comprobar gracias a En la noche de los tiempos, el propio Tiempo es uno de los elementos centrales de los Mitos. Su inalcanzable comprensión debida a la efímera existencia del ser humano en el complejo entramado del universo que han diseñado seres con poderes que los convierten en dioses ante los ojos de los hombres, requiere por parte de Lovecraft un sobreesfuerzo a la hora de construir un relato que no peque en cuanto a una cierta desproporción en las escalas que se manejan, moviéndose entre lo puntual y lo infinito; por ejemplo, éste mismo relato muestra a entidades separadas de nosotros por cientos de millones de años, mientras que el protagonista, el profesor Wingate, detalla con total exactitud el día y la fecha del momento en que fue “intercambiado”: “el jueves 14 de mayo de 1908, a eso de las diez y veinte de la mañana”, del mismo modo que especifica el momento en que se reintegra la mente de Wingate con su cuerpo: “el 27 de septiembre de 1913, a las once y cuarto de la mañana”. Esta oposición de términos temporales como 300 millones de años y de las once y cuarto de la mañana deberían poner de manifiesto la incomprensión humana para situarse en planos tan alejados el uno del otro, pero es aquí donde entra en juego el relativismo científico al que nos hemos referido anteriormente, capaz de modificar la percepción humana del mundo al dejar de ser magnitudes absolutas el tiempo y el espacio. 

En el mundo de Lovecraft, el Tiempo mide el limitado campo de nuestras percepciones, incapaces de percibir entidades que se muevan más allá de unos insignificantes principios de la física más rudimentaria, unas inteligencias que van más allá de nuestros limitados conceptos de vida y existencia, sometidos al juicio implacable de unos torpes y confundibles sentidos, con lo que escapan a nuestra comprensión y, lo que es más triste, a nuestra sobrevalorada inteligencia.

martes, octubre 23, 2012

RICHARD WILSON - Las chicas del planeta 5



Richard Wilson, autor de la hilarante y bizarra Las chicas del Planeta 5 (1955), además de escritor y estudioso del género, fue miembro de los Futurians, el mítico grupo de fans de la ciencia ficción que se formó en la ciudad de Nueva York en 1937. Su aportación al desarrollo de la ciencia ficción que se iba abriendo camino en las diferentes publicaciones pulp del momento tuvo una especial relevancia. No se trataba de un grupo de frikis que se reunía de tanto en tanto para hablar de sus obras o autores favoritos. Fueron un grupo comprometido con el género, llegando muchos de ellos a dar el salto al "otro lado" y convertirse en afamados escritores y directores. Entre la nómica de integrantes de Futurians encontraremos nombres como el del ya citado Richard Wilson, Donald A. Wollheim, afamado editor y autor de célebres novelas como El secreto del planeta Marte (1955); Frederik Pohl y Cyril Kornbluth, coautores de la conocida Mercaderes del espacio (1952); James Blish, ganador del Premio Hugo en 1959 con la novela Un caso de conciencia (1958) o, por citar al más famoso de todos sus integrantes: Isaac Asimov. La preeminencia de este grupo de fans en el mundo de la ciencia ficción en Estados Unidos llegó a tal punto que durante los años 40, más de la mitad de todas las revistas pulp del país, tanto en ciencia ficción, como en fantasía y terror, estaban dirigidas por miembros de los Futurians.


El entusiasmo por las historias de ciencia ficción llevó a Richard Wilson a probar fortuna dando, de paso, rienda suelta a sus veleidades literarias. Consciente de sus limitaciones, la carrera de Wilson no se puede considerar de prolífica, apenas media docena de títulos llegó a editar a lo largo de su vida, entre las que se encuentra Las chicas del planeta 5 (1955) o Tierra, ¿te sobra una ciudad? (1958), siendo su mayor logro profesional ganar el prestigioso premio Nebula al mejor relato por Mother to the World (1969), traducido al español como Madre del Mundo para ser editado en un par de colecciones de relatos editados en formato revista, muy difíciles de encontrar hoy día.

Wilson no destacaba por su originalidad o calidad literaria a la hora de ponerse a escribir. Su producción está compuesta en su totalidad por novelitas ligeras y divertidas, que parodiaban autores o temas sin que la sátira llegase a la burla del original. Al contrario, el tono humorístico era para Richard Wilson una manera tan buena como otra de acercarse a los clichés y tópicos del género sin saturar al lector, ofreciéndole un texto en el que el principal protagonista era el humor y el tono desenfadado de la narración. Sin llegar a las cotas de maestría que ofreció Fredric Brown clásicos como Universo de locos (1949) o ¡Marcianos go Home! (1955), en las que se unen lo mejor de la ciencia ficción pulp de los años 50 con toques de misterio y finales sorprendentes que hacen las delicias del lector. Wilson, intentó hacer lo mismo, acudiendo para tal fin a uno de los temas más trillados del género: las invasiones alienígenas.


En Las chicas del planeta 5, además, la trama está asentada en otro tema que le ofrece mucho juego para llevar la narración al lado de la comedia: la guerra de sexos. Y es que en el futuro que nos presenta Richard Wilson se han invertido los roles “tradicionales” entre hombres y mujeres, llevando ellas el papel dominante a la hora de ocupar puestos de liderazgo en el gobierno y en las empresas, relegando de esta manera a los hombres a papeles secundarios y a tareas de “amos de casa”. Otros autores de ciencia ficción han tocado este tema, como por ejemplo Gabriel Bermúdez Castillo en El hombre estrella (1988) o  Poul Anderson en la olvidada Planeta de mujeres (1957), Virgin Planet en su título original, entre cuyas páginas el autor  nos muestra esa "guerra de sexos" desde una vertiente próxima más próxima al erotismo en la que se nos cuenta en clave de aventura las peripecias de un astronauta que llega a un lejano mundo en el que las mujeres tienen todo el poder y los hombres son utilizados únicamente con fines “reproductivos”. Richard Wilson integra en la narración, siempre abordada desde un tono humorístico, un cierto "erotismo asexuado" en el lo que se refiere a las esculturales alienígenas semidesnudas que llegan a la Tierra, incapaces ellas de entender el porqué de la fascinación que despiertan entre los machos terrestres. 

La narración comienza cuando el protagonista, el reportero Dave Hull, decide abandonar su puesto de trabajo en un importante periódico de Washington cuando, en una promoción interna de su empresa, promocionan a su novia al puesto que él merecía, convirtiendo a ésta en su inmediato superior. Cansado de la situación de discriminación en la que viven los hombres, decide abandonarlo todo para iniciar una nueva vida en Texas, el único lugar de los Estados Unidos en los que el hombre todavía es el que manda. Para ser admitido como tejano debe vender su coche para comprarse un caballo, dejar sus ropas de ciudad, vestir como un auténtico vaquero y recibir lecciones para aprender a manejar el lazo (todo estos primeros pasajes de la novela aparecen aderezados con continuos gags sobre la mujer y la condición de subordinación del hombre). En pleno proceso de “aclimatación” por parte de Dave Hull al estado de la estrella solitaria, aterriza en Washington una enorme nave de procedencia extraterrestre de la que descienden una raza de mujeres guerreras de enorme belleza y figura escultural, apenas vestidas con un top y una corta faldita metálica que a duras penas daban para cubrir el exuberante esplendor de sus jóvenes cuerpos. Las recién llegadas amazonas de las estrellas, al igual que sus semejantes terrestres, son el sexo dominante en su sociedad, habiendo relegado a los hombres al cuidado de los recién nacidos y a trabajos de tipo artístico. El gobierno de los Estados Unidos, compuesto en su totalidad por mujeres, ve con buenos ojos la posibilidad de establecer relaciones amistosas con las hermosas extraterrestres, de esta manera refuerzan su situación de dominio sobre los hombres poniendo como ejemplo el alto grado de civilización que han conseguido las mujeres del planeta 5.


Toda esta sucesión de acontecimientos no es bien vista por los hombres de Texas, los cuales ya hace tiempo que disponen de un “servicio de inteligencia” y un pequeño ejército secreto por si un día se tienen que defender de las mujeres de "gallinolandía", como ellos llaman al resto del país, dominado por las féminas. La novela avanza entre escenas y diálogos más próximos a la comedia que a la ciencia ficción, urdiendo intrigas en su argumento bastante simples y previsibles, que llevarán hasta un inevitable final feliz.

Pese a lo rudimentario del planteamiento y al poco elaborado estilo narrativo del autor, la novela no ha envejecido mal del todo si es que uno se plantea su lectura como un ejercicio de nostalgia. Los alocados diálogos entre los rudos y machistas cowboys tejanos con las bellas y aguerridas amazonas del Planeta 5 y las airadas intervenciones de las celosas féminas terrestres, que ven como la atención de los "machos terrestres" se centra en las agraciadas alienígenas, deriva en una mezcla de western y ciencia ficción a lo screwball que sirve para pasar un buen rato y reencontrarse con una manera de escribir que llenó algunas de las mejores páginas de la Edad de Oro de la Ciencia Ficción.

viernes, octubre 19, 2012

H. P. LOVECRAFT - Dagón

Según Rafael Llopis -una de las máximas autoridades en lo que concierne a la obra de H. P. Lovecraft, a cuya labor de ensayista, traductor y recopilador debemos la publicación de la antología Los Mitos de Cthulhu (1969)-, Dagón (1926), un breve cuento, de apenas una decena de páginas, marca un antes y un después en la producción literaria de H. P. Lovecraft, tanto en lo temático como en lo estilístico. A partir de la publicación de este relato, al que le corresponde el honor de iniciar los Mitos, el escritor de Providence dejó de lado un primer perido "dunsaniano" centrado en la descripción romántica de lo onírico y lo poético para adentrarse en una escritura más oscura, un nuevo tipo de terror "cósmico" que dejaba atrás los viejos miedos de la tradición gótica para crear una un nuevo panteón de horrores ancestrales provenientes de tiempos y lugares ya "olvidados por el hombre".

El giro que tomo la obra de Lovecraft, proyectándose hacia un nuevo tipo de terror: el horror cósmico, tendrá ahora como principal elemento de inspiración la obra de Arthur Machen, poblada de cultos a figuras de la tradición clásica, como en El gran Dios Pan (1894), auténtico precursor de los Mitos, tal y como reconoció el propio Lovecraft en su célebre ensayo El horror sobrenatural en la literatura (1927).

Las lecturas de obras como las de Arthur Machen,  abren en Lovecraft un nuevo abismo narrativo en el que volcar sus vértigos literarios, siendo fundamentales en la génesis de su producción más lograda gracias a haber añadido buena parte del imaginario de Machen en forma de elementos  arqueológicos y arquitectónicos que anuncian antiguas y ya olvidadas civilizaciones, cultos esotéricos, reminiscencias de la tradición clásica griega y romana  y, sobre todo, la utilización de un lugar reconocible en el que permanecen latentes terribles horrores del pasado, como fue la inquietante Nueva Inglaterra que servía de escenario en muchas de las historias que Lovecraft creó, al igual que hizo Machen incluyendo en su bibliografía a su Londres y Gales contemporáneo; como muestra de reconocimiento y gratitud a la influencia recibida por parte de Arthur Machen, Lovecraft tomó prestado para sus creaciones algunos nombres y dioses creados por Machen, además de servirse de la línea argumental de El gran Dios Pan en su obra El Horror de Dunwich (1929). Buena muestra de este cambio de paradigma en Lovecraft lo podemos encontrar en Dagón, con extrañas estructuras en las que se pueden apreciar escrituras más antiguas que la propia humanidad junto a imágenes de seres de pesadilla; aunque si bien los estudiosos de la obra de Lovecraft marcan como punto de partida de los Mitos el relato que nos ocupa, cinco años antes, ya escribió un relato en el que se prefiguraba lo que sería tiempo después el inicio de los Mitos. Sería en La ciudad sin nombre (1916) donde Lovecraft dejaría entrever lo que sería su gran creación; el punto diferencial para determinar Dagón como inicio de los Mitos y no La ciudad sin nombre radica en las propias experiencias personales de Lovecraft, marcado por la separación de su mujer, Sonia, en 1926, su regreso a Providence y la experiencia de haber conocido la miseria  de los barrios más depauperados de Nueva York durante su estancia en la Gran Manzana.

Pero no sería sólo la experiencia personal lo que marcaría un giro determinante en su obra. Junto a las aportaciones estilísticas de Dunsany y de Machen, recibió, como la mayoría de los escritores de su época, la influencia del Simbolismo, un movimiento que englobaba distintas disciplinas del arte a la que no escapó la literatura, siendo uno de sus principales impulsores Edgar Allan Poe, al aportar buena parte de imágenes y figuras literarias que aúnan el ideal romántico con la estética simbolista que busca descifrar el mundo mostrando a los no iniciados (los que no son poetas) las correspondencias de la realidad con los objetos sensibles para capturar las realidades más absolutas; el máximo exponente de ese lado oscuro del Romanticismo que era el Simbolismo lo encontramos, no sólo en la mitología que creó, sino en los libros prohibidos que creó, como por ejemplo el Necronomicón, accesibles tan sólo a los iniciados capaces de comunicarse con extrañas y metafísicas entidades que subyacen en nuestro subconsciente. Lovecraft mostraba en sus escritos todos estos mundos ocultos, en su mayor parte pertenecientes a horrores que habitaron el mundo mucho antes que el hombre y que permanecen en la sombra esperando el momento para volver y acabar con la humanidad, como podemos ver en Dagón y en otro de sus relatos más célebres: La llamada de Cthulhu (1926), en la que recupera los horrores surgidos del fondo del mar y a un personaje central que está condenado a morir por lo que ha visto y por lo que sabe. Todo el horror que produce la visión de los seres primigenios que antecedieron a la humanidad se muestra en el inicio de Dagón.

El relato comienza con un elemento de prolepsis que adelanta elementos de la trama, como en este caso es la muerte del protagonista, víctima de un horror vivido recientemente cuyo recuerdo le atormenta hasta el punto de tomar la decisión de quitarse la vida. " Escrito esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga, que es lo único que me hace tolerable la vida, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo". De esta manera, Lovecraft consigue trasmitir al lector la angustia y el terror que siente el personaje, así como la incertidumbre por saber que es lo que la provoca. El deseo de morir del protagonista, un oficial de marina mercante adicto a la morfina, único tripulante que ha podido escapar en un bote tras ser capturado el barco en el que viajaba por los alemanes, en una de tantas escaramuzas marítimas que ocurrieron durante la Gran Guerra. Después de pasar varios días a la deriva en alta mar, agotado y hambriento, el marino se había dormido, encontrandose  al despertar en medio de un lugar lleno de fango, como si durante la noche un seismo submarino hubiera hecho que emergiera el fondo del océano. A su alrededor se extendía un paisaje repleto de peces muertos y vegetación marina en pleno proceso de descomposición, de los que se desprendía un olor nauseabundo. Tuvieron que pasar tres días para que el lodazal en que se había convertido el suelo sobre el que estaba posado el bote salvavidas tuviera la consistencia suficiente para soportar el peso de un hombre sin que éste se hundiera hasta la cintura.

El marino, consciente de que necesitaba encontrar agua potable y alimento, aprovechó la situación para explorar los alrededores; de esta manera, bajo la pálida luz de una extraña luna de "apariencia gibosa", descubrió en una oscura hondonada una gigantesca piedra cubierta de desconocidas inscripciones que se asemejaban a seres marinos junto a otros seres de pesadilla, desconocidos por el hombre, en los que destacaban sus manos y pies palmeados con una cabeza semejante a la que tienen algunos batracios. Cuando todavía no estaba recuperado de esta visión de pesadillo, de las oscuras aguas que se mantenían próximas al extraño monolito surgió un ser de pesadilla que provocó la locura del marinero; el horrible ser se dirigió a la extraña piedra. Ante tal visión huyó rápidamente del lugar, despertando en la cama de un hospital, sin saber el tiempo que llevab allí ni como había llegado. El final, ya avanzado desde la primera línea, terminaría con la locura del pobre marino que no lograba recuperarse de la visión de lo que creía el mítico Dios-Pez Dagón.

Fruto de la imaginación de Lovecraft,  fue surgiendo una peculiar teogonía de la que Dagón, representado como un gigantesco y terrorífico ser anfibio, es una de las principales deidades del panteón de los Primigenios, parte fundamental de su propia cosmogonía. Dagón, en el panteón creado por Lovecraft, es uno de los dioses a los que adoran los "profundos", unos seres anfibios más antiguos de la humanidad que tienen su morada en las zonas abisales marinas. En este relato, Dagón no aparece como un elemento de culto, sino como un ser que adora a una entidad superior representada en un enorme tótem realizado en piedra negra en el que hay inscritos extraños símbolos arcanos.

Pero a pesar de que se puede adjudicar a Lovecraft la autoria de la creación de los Mitos, él nunca tuvo la intención de sistematizarlos, tan sólo fueron un lugar común en la que se inspiraron una pléyade de autores y amigos del genio de Providence que más tarde serían conocidos como el Círculo de Lovecraft,  entre los que se encuentran plumas tan destacadas como la de Robert E. Howard, autor entre otros relatos de horror sobrenatural de Almuric (1939), Canaan negro (1936) o La piedra negra (1931); Clark Ashton Smith autor de relatos como  Estirpe de la Cripta (1932), Frank Belknap Long y Los perros de Tíndalos (1929), Henry Kuttner y su célebre relato Las ratas del cementerio (1936) o su novela La criatura de allende el infinito (1940) Catherine L. Moore con Northwest Smith (1933-1938) o  Robert Bloch con Vampiro Estelar (1935), la mayoría de ellos incluidos en la anteriormente mencionada recopilación Los Mitos de Cthulhu realizada por Rafel Llopis. En realidad es a August Derleht, gran amigo de Lovecraft, además de escritor (de dudosa calidad) y miembro del Círculo de Lovecraft, a quien corresponde el mérito de haber sistematizado los Mitos, presentándolos como la eterna lucha entre el bien y el mal, representados aquí como Dioses Primordiales y Dioses Arquetípicos, estos últimos creación suya, por lo que la categorización que hace de las deidades es una clasificación realizada desde dentro, desde sus propios relatos. Desde fuera de los Mitos, sería Lin Carter, autor, editor y crítico especializado en ciencia ficción y fantasía, en especial en la obra de Lovecraft y el Círculo de Lovecraft, quien realizaría esta labor de recopilación y codificación de los Mitos, vinculándolos a un género literario propio que tiene como referencia la cronología que cuenta la historia de "las numerosas razas que han poblado, que pueblan y que pueden poblar la Tierra".

Así pues, podemos determinar que el propio Lovecraft fue descubriendo los Mitos de manera pausada, casi sin proponérselo; surgiendo gracias a la utilización de seres y razas utilizadas en relatos anteriores que ya resultaban conocidas a sus lectores y amigos, cómplices suyos en la creación de esta mitología de lo sobrenatural que fueron pergeñando poco a poco, cuyo inicio se puede señalar a partir de Dagón, pese a lo breve del relato en cuanto a su extensión. Y no sería esta génesis de los Mitos algo que irrumpiese con fuerza en la vida de Lovecraft si nos atenemos al dato que nos indica que tendrían que pasar cinco años hasta la publicación de La sombra sobre Innsmouth (1931), una de sus mejores creaciones, en la que retomaría la figura de Dagón, a la que le añadiría la Orden Esotérica de Dagón, una peculiar secta constituida por híbridos de humanos y "profundos" que practican extrañas ceremonias de adoración al malvado dios marino.Por lo tanto, podemos determinar que los Mitos no son una creación individual de Lovecraft, sino una obra coral que surge de la amistad y de la admiración mutua de un puñado de entusiastas escritores que forjaron con su talento e imaginación algunas de las más logradas páginas del pulp norteamericanno.

jueves, octubre 18, 2012

ROBERT A. HEINLEIN - Cadete del espacio



Cadete del espacio (1948) es la segunda en orden de aparición de la serie de doce novelas juveniles escritas por Robert A. Heinlein entre 1947 y 1958. En ella se mantienen las mismas características fundamentales de toda la serie, aunque es algo más compleja que su predecesora, Rocket Ship Galileo (1947) en cuanto al trasfondo de los temas tratados. Las singularidades propias de este tipo de novelas las definió Jack Williamson en su momento como "fáciles de leer, presentando una serie de temas familiares en el entorno del propio Heinlein, siendo la trama algo trivial y los personajes estereotipos bastante simples". No le falta razón a Williamson en su análisis "crítico" de ese subgénero dentro de la propia bibliografía de Heinlein; no podemos obviar que son un producto poco elaborado si los comparamos con otras novelas que aparecieron en esa época, pero hay que tener en cuenta que se trataba de una serie de trabajos concebidos bajo encargo, en los que debía cumplir con unas premisas marcadas de antemano, con el fin de acercar la ciencia en general y la carrera por la conquista del espacio a las jóvenes generaciones de americanos nacidos en un momento histórico de plena confrontación con el bloque soviético. Con el fin de atender los postulados sugeridos por la editorial y al mismo tiempo atrapar la atención de los jóvenes lectores, Heinlein afrontaba la narración con la intención de unir sin fisuras dos propuestas en el texto: una parte la lúdica, que busca que el lector pase un buen rato leyendo una serie de aventuras que tienen como protagonista un joven adolescente en pleno proceso de madurez, mientras que por otra parte cumple con la intención didáctica de mostrar la ciencia como algo asequible y “divertido”, ilustrando al mismo tiempo al lector sobre diversos elementos de física y matemáticas aplicados a las múltiples dificultades que entrañaría la navegación espacial y a la supervivencia en gravedad 0, eso sí, entretejiendo tan sutilmente el detalle científico con trama y acción que el lector no se siente abrumado por un exceso de datos técnicos. 

Los más críticos con el maestro Heinlein añadirían a estas dos características (lúdica y didáctica) una tercera: la de proclama ultraderechista. A los escritos del mestro Heinlein siempre les ha perseguido la fama de estar impregnados de lo que muchos consideran apología del militarismo y un aprecio desmedido por el individualismo y la libre determinación llevada a su máximo exponente; todo ello con el fin de formar a los jóvenes americanos en los valores de la ciudadanía y la responsabilidad, desarrollando su carácter y autosuficiencia al mismo tiempo que se integran en la sociedad mediante diversas actividades de superación personal y convivencia con otros chicos de su edad. Y no van descaminados del todo si nos atenemos al duro trasfondo que se adivina en la sociedad que dibuja Heinlein para esta novela. Cadete del espacio es mucho más que un relato de aventuras   para adolescentes. Junto a una primera capa de "irrelevante e insustancial" divertimento que surge de las peripecias de un grupo de muchachos formándose para recorrer el Sistema Solar a bordo de modernas naves espaciales, tenemos una descarnada crítica contra una sociedad capaz de crear protocolos de actuación que incluyen el genocidio de buena parte de la población; es el Heinlein en estado puro que se rebela contra el poder omnímodo de los gobiernos y que ensalza la voluntad individual de aquellos que se enfrentan contra la autoridad impuesta. El final del periodo de formación y aprendizaje de los protagonistas de las novelas juveniles de Heinlein, se manifiesta con la toma de conciencia mediante un proceso de reflexión interior que forjará sus valores más preciados y los pondrá al servicio del oscuro gobierno que rige los destinos de la humanidad.


A pesar de los muchos detractores de las mismas, las novelas juveniles de Heinlein,  por modestas que puedan parecer, rebosan de saber narrativo, de sólidos y bien aplicados conocimientos científicos y, como no podía ser de otro modo, de los valores éticos y morales que Heinlein asociaba con el pueblo norteamericano: valor, sacrificio, tenacidad y lealtad entre otros. Unos valores con los que se identificaban las nuevas generaciones de lectores adolescentes al encontrarlos en los personajes que protagonizaban las novelas de Heinlein, como por ejemplo el joven Matt Dodson, protagonista de Cadete del espacio, que se une a la Patrulla Espacial para ayudar a preservar la paz en el Sistema Solar. Seguiremos al joven Dodson desde que sale de su tierra natal en Iowa (EEUU) para ingresar en la Academia Militar en la que debe recibir como cadete la formación necesaria para poder tripular una de las majestuosas naves espaciales que surcan el espacio, madurando con cada decisión que debe tomar hasta convertirse en un miembro válido de la sociedad, todo ello mientras él y sus amigos corre emocionantes aventuras repletas de acción, como la búsqueda de la nave Pathfinder, perdida en el Cinturón de asteroides, teniendo su punto culminante en el viaje final a Venus para investigar un extraño incidente. Aunque el final de la novela es un tanto confuso y desigual si lo comparamos con el resto de la narración. Esto es debido a que Heinlein cambió el final  al entender que el que había proyectado en primer lugar no funcionaba; la sensación de "falta de encaje" con el resto de la narración es parecido al que se percibe en Hija de Marte (1962), novela en la que también se vio obligado a cambiar el final, aunque en esta ocasión por imposición editorial.

Alexei Panshin, autor de la premiada Rito de iniciación (1968), señaló en Heinlein in dimensión (1968) -ensayo que profundizaba en la obra de Heinlein- como Cadete del espacio se puede entender, sobre todo, como una extrapolación de la propia formación del escritor durante su etapa como cadete en la Academia Naval de Estados Unidos. El remanente biográfico que se percibe en la novela se convierte por derecho propio en lo que muchos llamarían una exacerbada glorificación a las Fuerzas Armadas, y no sin falta de razón, ya que sí podemos clasificar de texto militarista a Tropas del Espacio (1959), Cadete del espacio no le va a la zaga. La glorificación a los caídos en acto de servicio que se hace en diversos pasajes de la novela, junto a la intención del protagonista de dejarlo todo para unirse a los Marines, los auténticos héroes por su "lealtad,  valentía y búsqueda de gloria". Pero no todo es moralmente criticable en Heinlein, por ejemplo en esta novela incluye elementos de integración racial (un decenio antes del auge de los Movimientos por los Derechos Civiles en Estados Unidos) entre los componentes de la Patrulla Espacial, constituida por jóvenes provenientes de las diversas colonias que se habían desarrollado en el Sistema Solar (en literatura pulp los héroes suelen ser WASP). Entre el grupo de chicos protagonistas, además de Matt Dodson, hay otro chico ce Texas, uno procedente de Venus y otro de la lejana luna de Ganímedes, todos ellos integrados en una organización dedicada a mantener la paz que funciona como un ente supranacional que ostenta el monopolio de las armas nucleares como elemento de disuasión para "imponer" esa paz.

Para conseguir que el poder que atesora la Patrulla Espacial sea eficaz, los jóvenes cadetes deben poner en un segundo plano la lealtad a sus respectivos países y a sus especies, teniendo la obligación de bombardearlos si fuera preciso. Esta posibilidad, que ya se había producido en el pasado, hace dudar al joven e idealista Matt Dodson sobre su pertenencia a la Patrulla Espacial, siente que no sería capaz de bombardear a sus compatriotas, por lo que debería dejar la Patrulla y abandonar sus sueños de pilotar una nave para ingresar en los Marines a los que contempla como una organización con unos ideales más "nobles". El desencanto con lo que el había creído que era y representaba la Patrulla Espacial aumenta cuando su padre le pone al corriente de la farsa que es en realidad esa organización, controlada y dirigida por la Federación de América del Norte para servir a sus intereses económicos, políticos y comerciales.


Heinlein desarrolla la mayoría de sus novelas juveniles en un escenario común, por lo que su relación entre ellas va más allá de apreciaciones temáticas. El Sistema Solar por el que se mueven los personajes de este tipo de novelas incluye colonias con aspiraciones de independencia en un Marte árido y rocoso poblado por terrestres y aborígenes marcianos pertenecientes a una antigua raza, como pudimos ver en Rebelión en el espacio (1949) o Hija de Marte , esta última también muestra a un planeta Venus pantanoso y con altas temperaturas, habitado por seres aparentemente subdesarrollados en cuanto a su inteligencia se refiere, mientras que en Ganímedes, una de las lunas de Júpiter, se desarrolla El granjero de las estrellas (1953), en un marco social marcado por una crisis malthusiano que afecta tanto a los habitantes del planeta Tierra, como a las múltiples colonias que han proliferado por el Sistema Solar.  Con esto consigue dar una sensación de continuidad en la serie, sin tener que recurrir a conservar un personaje como hilo conductor para unir las diferentes entregas, un elemento más que confirma la capacidad de buen narrador que atesoraba Heinlein, a pesar de sus pequeñas "manías" fascistoides. Y es que pese a que el paso del tiempo ha mermado en parte la fuerza y la emoción que con toda seguridad estas entretenidas novelas para adolescentes trasmitía a sus imberbes destinatarios, todavía se puede percibir en cada nueva relectura cómo la maestría narrativa del maestro Heinlein sigue atrapando al lector desde las primeras páginas, algo difícil de encontrar en otras creaciones literarias de su misma época.  
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